Poema 735: Todos rezan

Todos rezan

“Todos rezan, moribundos de venganza”

Unica Zürn

Apenas da tiempo a pensar o a asimilar

en las laderas lejanas de la actualidad,

me digo a mí mismo mientras busco campo,

espigas, olor a cereal, amapolas amontonadas

en cunetas libres de Trezac o glisofatos.

Dos mujeres enfrentadas con los pechos casi al aire

componen la escena inacabada del pintor:

fondo, manos, el mantón aún en ciernes,

las miradas tan distintas, las modelos,

Elisa y Elena, morena y rubia, tan Romero de Torres.

El cuadro contrasta con las imágenes crueles

de un policía empujando a una pacífica profesora,

metáfora social del pensamiento político-mediático.

La gran noticia internacional no aparece en la cabecera

que fue referencia durante tantos años:

silencio cómplice, cese de voces críticas,

columnistas inflamados por la venganza empresarial.

La búsqueda de la independencia periodística

es similar a la campestre desde la urbe en bicicleta:

edificios cebra aparentemente ordenados,

polígonos industriales repletos de trampantojos,

la miseria del extrarradio en escombreras ilegales

y un atisbo de cultivos emparedados entre vías de tren.

Rezan los señores de la guerra entre exabruptos

rodeados de tecnobrós enriquecidos con los datos

tratando de ejecutar su venganza contra la inteligencia.

Poema 732: Bajando por el Regato del Artillero

Bajando por el Regato del Artillero

Una mañana de primavera en bicicleta

desciendo por el mítico camino serpenteante:

se abre al valle del Guareña, amplio horizonte

colinas suaves, verde cereal y pinos.

Dejo atrás el pinar que planté con mis tíos

hace ya muchos años y que heredó mi madre,

los almendros a rebosar de almendras en su vaina,

las escorrentías de las últimas tormentas,

antes de llegar a la zona de arenas

y al embarcadero que es ya pura ruina

otrora epicentro de cazadores y ganaderos.

Huele a la naturaleza que amanece y se abre

ante el calor ascendente del día;

recuerdo aventuras, hogueras, escapadas veraniegas,

comidas peñistas y ascenso a los tesos.

Muchas de las personas que controlaban la tierra

han desaparecido sin dejar rastro de sus vivencias

ya solo memoria decadente de paisanos a extinguir.

Disfruto del horizonte tormentoso, de las aves excitadas

por la lluvia que descarga aleatoriamente aquí y allá,

me preparo para obviar el paso entre vallados endebles

tras los que pastan los toros bravos

siempre atentos a cada movimiento del camino.

Las choperas son siempre diferentes a la orilla del río,

bufan con el viento y se balancean majestuosas

como olas sobre un campo de margaritas.

Ya en el valle contemplo cantarín el curso del agua

satisfecha el ansia del descenso ansiado,

llena la mente de imágenes estimulantes.

Poema 729: Un día dejé de saltar

Un día dejé de saltar

Un día dejé de saltar,

la sensación magnífica de estar por encima de bancos, sillas, vallas,

unos instantes suspendido en el aire:

uno, dos, tres, cuatro segundos…

Aquella sensación imparable de saltar.

La plasticidad de tu mente se acostumbra

se amolda a declinar el salto por temor,

una caída, la gravedad que se ha impuesto.

Los cambios llegan con continuidad teórica,

algunos son imperceptibles en el corto plazo

otros son conscientes y visibles automáticamente.

Continúo jugando al futbito a otro ritmo,

viendo pasar la pelota las más de las veces,

calentando de forma artificial resignadamente.

Cuando dejas de saltar también olvidas,

olvidas el placer y la ebullición del cuerpo en primavera,

la agilidad de poder subirte a un árbol,

la predisposición mental a realizar cualquier deporte.

La vida pesa, también pesa la tristeza o el desánimo,

esas montañas rusas que te transportan

como alfombras voladoras aleatorias

desde las que observas la belleza y la miseria.

La alfombra mágica a veces se llama bicicleta,

otras veces es más estática y se autodenomina meditación.

No hay tiempo para el balance o la deserción,

los impulsos de fuerza deben reorientarse,

aprender a permanecer anclado al suelo casi siempre

hasta que las condiciones permitan volar un instante

en las notas mágicas de una sinfonía

o en el residuo seco, mas lleno de sudor,

de una colectividad deportiva o emotiva, familiar o amistosa.

El final del salto es un símbolo adaptativo,

una reconversión necesaria e inteligente,

la virtud en medio de la necesidad madura de permanencia.

Poema 724: Líneas

Líneas

Dibujo una línea con mi presencia dinámica;

puede ser una almendra oval

visitando lavajos e hitos señalados en la infancia,

o puede ser el ángulo esquivo de tu jardín

en ida y retorno fulgurante e intenso.

El ave rapaz muestra su pecho amenazante

bello, desafiante, abierto a la cámara inocua,

traza círculos de visión mortífera

antes de un picado asombroso y nutricio.

La línea desciende desde la boca a las rodillas

en un pedaleo constante y doloroso,

pesa el viento, pesan los años, pesa la estática pose,

mientras el resto del cuerpo se funde en el aroma

del cereal mucho más avanzado y espigado.

Las decisiones sobre el trazado son improvisadas

como la vida misma: riesgo por el cielo borrascoso,

por el agotamiento y el barro traicionero

por las huellas cánidas y los aullidos lejanos.

El travelling finaliza con curiosidad incipiente,

con ideas de huertos y agua en un retiro teórico,

aquella cabaña del bosque tantas veces imaginada.

La línea poligonal se ha cerrado en una circunvalación

de dos horas y veintitantos kilómetros

en los que he deseado la continuidad imposible

de esa primavera en la meseta, apegado a la tierra.

Poema 703: Ritual del dolor

Ritual del dolor

En recuerdo de Inma que luchó hasta el fin

Lentamente la muerte se filtra

a través del muro emocional,

día soleado sin catafalco,

el rito de inmersión en la naturaleza:

campos, pinares, arena,

el camino hacia el sur de mi infancia.

Más tarde hay un crepúsculo doloroso,

naranjas intensos siluetean la torre,

azules que cobijan la luna incipiente.

La voz cantarina permanece

más intensa que las imágenes,

tan solo los ojos inquietos arden

animosos en la adversidad acumulada.

Lamentos profundos y rituales

para acompañar y recordar y honrar,

el cúmulo de experiencias ancestrales

que mitigan el dolor en armonía comunitaria.

El hueco inmenso o puntual en el recuerdo

duele, se infiltra mansamente

en la materia profunda constitutiva,

se ancla a estímulos variopintos mentales:

iglesia, camino soleado, cruz ermitaña,

días de verde y amarillo comunitarios.

El dolor se administra en dosis no letales

al socaire de la velocidad vital de los tiempos.

Poema 695: Volver a pedalear

Volver a pedalear

La bicicleta se me resiste al principio

frío

inseguridad de quitarte un guante en marcha

cara orejas ojos viento

llegas al sendero calzándolo

allí refugio belleza verde pinos

suma concentración

me detengo para hacer una foto a la sierpe

luz del ocaso entre las ramas.

¿Cuánto queda?

Sudor bajo la ropa

esfuerzo

llego al río torbellinos simas corriente

fulgor del caudal

instantáneas intensas una sonrisa fotogénica

se oculta el sol doloroso tras los chopos desnudos.

¡Cuánta belleza!

Vuelvo acelerando los carriles

me persigue el fuego voluptuoso del astro

ligero a favor del regreso

frío intenso se cierne la noche.

Alegría del transitar rústico y urbano

del cuerpo desperezado y vivo

del retorno del placer ciclista.

Poema 663: Este veranillo eterno

Este veranillo eterno

Este veranillo eterno se desvanece

en tardes soleadas de octubre,

en olvidados paseos en bicicleta,

en pequeños dolores que amplifican

un nudo interno impenetrable.

Devoro la primera hora de escritura

cual yonqui de su tiempo productivo

por obra y gracia del maestro hacedor

de horarios, gran filósofo conversador.

No hay proyección micológica en el horizonte

y las labores agrícolas van con retraso,

los caminos áridos y polvorientos

dejan en el ciclista pulmones resecos,

mientras observa disgustado las máquinas pesadas

que convertirán un valle arqueológico

en un productor desmesurado de fotovoltaica.

En los amaneceres observo la luna poniente,

más tarde el bidón encendido o el río estático

en el que se divisan las piedras del cauce.

Los poemas se volverán húmedos y otoñales

en cuanto aparezcan las primeras lluvias,

como corresponde a la melancolía naciente

que bebe en estas mañanas de la lecto-escritura.

Poema 659: El otoño del ciclista

El otoño del ciclista

Una suave llovizna impregna la tierra seca,

huele a petricor en un horizonte plúmbeo

sin apenas movimiento en el campo visual.

Pedaleo contra el viento, entre ocres y amarillos,

dejando que la llanura penetre en mí,

vacíe mi mente, consiga integrarme con el paisaje.

Mínimas mariposas blancas sorprendidas

alzan el vuelo desde los cardos resecos de la cuneta,

cruje el suelo, saltan las piedras,

respiro, olfateo, fotografío, me embeleso con todo.

Soy un ser mínimo entre viñas y girasoles renegridos,

rastrojos, lavajos vacíos de fondo seco y cuarteado,

un redil desierto y la inmensidad de un rayo de sol

que asoma en el confín del planeta.

La velocidad de contemplación ideal de la bicicleta

es ahora un ritmo meditativo,

una aproximación al trance alejándome del vértigo.

Vacío por fin la mente y el cuerpo suda con el esfuerzo

solo existe el camino en esta levedad otoñal.

Poema 646: San Martiño de Mondoñedo

San Martiño de Mondoñedo

Ahí está el compendio de la imaginación poética

del gran escritor en lengua gallega Álvaro Cunqueiro:

el obispo Gonzalo Froilaz fue en busca de la ballena

que se amansaba al toque del campanario,

toda la estirpe de San Rosendo con su genealogía

o los nombres míticos de Bretoña o Mendunieto.

Gonzalo entró en la boca del cetáceo

y salió de allí con la imagen de la Virgen de Vilaestrofe

antes de que la ballena volviese al mar de San Cibrián.

Cunqueiro inauguró la renovación basilical

el día de san Martiño, un lustro antes de su muerte.

Los canecillos cuentan muchas historias medievales:

el “hombre martirizado” auto retorciéndose el cuello

nos hizo reír casi tanto como el músico onanista.

Llegar a la catedral en bicicleta, ascenso-descenso intenso,

predispone al visitante a recibir una emoción inmensa,

los enormes contrafuertes, las defensas,

la maravilla expositiva en un itinerario delicado y excelso

interpretando una construcción emblemática.

Todos los milagros eran allí posibles,

una zapatilla hace brotar una fuente,

o un gesto obispal con la mano

hunde barco tras barco del invasor normando.

Se hizo la luz en las lecturas de mis veinte años.

Poema 645: La casa del limonero

La casa del limonero

La fotografía de la contrapuesta de sol

alcanzó a recibirme enmarcando la casa amarilla,

un limonero feraz y una extensión enorme ajardinada.

Me maravilló el silencio.

También la luz, el aroma a hierba recién cortada,

La casa nos absorbió como si fuésemos hormigas

minúsculas, coordinadas, ordenadas,

pareció cobrar vida al limpiar las bajantes

de donde surgió imperial un hermoso sapo atrapado.

Crecen las hortensias de color azulado

en vivo contraste con los colores circundantes,

movimiento, luz, algarabía expectante en el desayuno,

un centro de operaciones acogedor muy cuidado

por unos anfitriones que se mimetizan con la estructura.

Regresar al final de un día esplendoroso

de playas peligrosas, de acantilados horadados,

de sendas casi ocultas por las que peregrinan solitarios

y también estirados en columna, los numerosos invitados.

Cada cuál ocupa su rincón con sus alforjas,

halla enchufes, colchones, se defiende de los mosquitos,

encuentra momentos escuetos de soledad entre la masa.

La morada amarilla es un punto de referencia imantado,

un hogar mítico en medio de días de bicicletas soleadas

de bromas y referencias que llevarán a la risa instantánea,

de sufrimiento físico y olvido de las terribles noticias externas.

Días de limones y convivencia y pedaleo gastronómico.