Poema 723: No quise ni mirar

No quise ni mirar

Todos somos huéspedes de la vida,

vivir es solo una costumbre.

                                    Anna Ajmátova, en Bocetos de Komarovo

No quise ni mirar, pero la vi, mediada,

ya no era la insinuación lunar con forma de columpio.

El tiempo en el que picoteas imágenes

parece eterno en la indecisión,

instantes similares repetidos con leves variaciones,

hasta que un día el paradigma ha cambiado y es otro.

Esa arruga o ese pelo ralo permanecen una línea,

un verso como la costumbre de vivir,

lejos de la Odisea, de la épica narrativa arcaica.

Si alguien clasificara las vidas cotidianas

de personas anónimas en categorías

podría romper la continuidad aparente

por sus estados de ánimo o sus consumos culturales:

las noticias, las mensajeras, los podcasts,

la velocidad calzada de viento de modas y consignas.

La vitalidad al uso es un no parar, no detenerse,

no meditar o respirar ante la belleza de un soplo

no desperdiciar esa vida insuflada o adquirida,

siempre menguante, siempre abierta y etérea.

–¿Por qué escribes? –, Te dirá el ciclista encadenado

a una rutina-cadena maquinal y ciertamente placentera.

–¿Por qué lees? –, Te dirá tu elaboración interior

ante el campo recién espigado agitado por la brisa.

Tras un año de vicisitudes olvidables y mecánicas,

recuerdo la colina a una milla del centro comercial

sobre la que me senté un día inusualmente festivo:

tristeza inicial, autoconsciencia, fusión natural,

un hueco en el tiempo y una fotografía que nada captó.

Vivir es solo una costumbre.

Poema 715: Ojos vivaces

Ojos vivaces

“Y siempre, a pesar de nuestros vivaces ojos, seguimos sin ver el misterio”

Gisèle Prassinos

El misterio está en la flor de primavera

en los campos tan verdes regados por un riachuelo,

en el viento racheado que ballestea el fresno.

La fotografía capta algunas maravillas,

escribe un verso en un encuadre perfecto,

transporta a centenares de kilómetros

algunas sensaciones muy personales,

mas no el estado de ánimo que viaja en la voz

ni el sonido del vendaval que no me dejó dormir.

El misterio de los conejitos que corretean entre los olivos

en esta sucesión de primaveras, veranos y otoños

lapsos de tiempo, retazos de vida, visitas puntuales

como las pinceladas intensas de un impresionista.

Sigo el sendero hacia el balneario que me indica el lugareño;

se estrecha casi hasta desaparecer entre zarzas y ortigas,

discurre en una diminuta senda entre vallados ancestrales

de cantos rodados aglutinados con argamasa calcárea.

Vestigios de un arco pastoril no lejos de la calzada romana,

miro y miro: mirada poética, mirada matemática,

no veo más allá de la belleza del encuadre,

no descifro el misterio impenetrable de lo que ven mis ojos.

Poema 656: La vida teje su telaraña pacientemente

La vida teje su telaraña pacientemente

La vida teje su telaraña pacientemente,

nubes de humo, trampantojos,

la sensación estética de una alegría efímera,

un proyecto que dura el instante de la sinapsis,

el tiempo necesario para activar alertas ancestrales.

La masa se reúne expectante entre las sombras

de un parque nominalmente desfasado

para observar el enderezamiento del aerostato.

Máxima expectación en el acontecimiento infantil

retardado por la foto del político populista

inflado por el mismo aire caliente

que emana de la barquilla y asciende por la vela.

El cuerpo aún responde y coopera en la resistencia,

fenómenos meteorológicos adversos, fuegos,

esa lluvia ausente en verano apenas atisbada,

un caminar que era placentero y parlanchín

hasta la llegada del silencio y el acecho de la duda.

Aparece la nada para la que no estaba preparado

tras el trasiego generoso de las vacaciones:

océanos y volcanes y todos los paisajes hermosos

y los días en que me ausenté de mí mismo.

Por debajo de la puerta se atisba la sombra del tiempo

predecesores y otras imágenes especulares

otros mundos ocultos e historias ya olvidadas

antes de contemplar la curvatura exacta

de esa carretera por la que conduces.

Poema 638: Contactos

Contactos

La vida pasa a la velocidad de la amistad,

de los contactos presentes o pasados:

los indicadores de la levedad son invisibles

salvo para el ojo reflexivo de la consciencia.

¿En qué momento se bifurcaron los caminos?

¿Cuánta intimidad depositaste en otra alma?

El cerebro rellena los huecos vitales cortilargos,

traza líneas rectas en los olvidos,

cataloga las ausencias como insignificantes

o dota de gravidez y envergadura

aquella unión mística coincidente en la risa,

en la profundidad introspectiva del diálogo,

mitificando todos los aspectos incógnitos

en busca de un equilibrio imposible en la presencia.

El ritmo de tu vida deja atrás en las aceras

a viandantes tan queridos o admirados o locos como tú

que quisieron demorarse en otras artes,

o cuyas elecciones bifurcaron la comunión de un instante.

Hay presencias impuestas que acceden a un núcleo

de forma temporal o perpetua,

eventualidades, circunstancias, suma de intereses

pero también alianzas óptimas o espurias.

El observador cenital, divinidad o privilegio,

observará una coreografía infiel y evolutiva,

saltos cuánticos, apegos feroces y desengaños,

un lapso veloz de puntos bidimensionales

cuyos dibujos sobre el tapiz terrestre

definen la variedad multiforme de la vida.

Poema 637: La caída

La caída

En el momento más anodino acontece

lo inesperado,

ves pasar tu vida, no antes ni durante,

después.

Imaginas tu hueco vital, el desorden

Se acabaron mis problemas–, dirás

mientras evalúas los daños del vuelo ciclista:

el casco con la visera colgando,

las rodillas ensangrentadas, el labio,

un guante desgarrado, los nudillos en carne viva,

nada roto, ¡a galopar!

El efecto del pedaleo irriga la rodilla y desinflama,

menos mal que no te he atropellado–, dijo el conductor.

Reconstruyo las imágenes, la ausencia de sonido

de un vehículo demasiado veloz,

la compasión de los espectadores, la frontera

con un futuro inexistente,

el acto reflejo de clavar el freno delantero erróneamente.

El relato variará en intensidad y coloratura

tras la improvisada ducha y la auto terapia.

Los cactus del camino me distraen un instante

antes de llegar de nuevo al lugar del percance.

He sobrevivido con suerte en esta mañana de verano.

Poema 597: Finis vitae sed non amoris

Finis vitae sed non amoris

En un abrupto descenso de la niebla,

en medio de películas premiadas o no

que reflexionan en torno a la muerte,

se anticipa una muerte cercana.

–No mires atrás–, dirá el diablillo bíblico.

Aún doblan las campanas de forma atroz,

elevan la solemnidad y la pompa,

acercan los ritos ancestrales a la incomprensión

de la desaparición irreversible de la experiencia,

del aprendizaje de toda una vida.

El bagaje físico durará un instante,

el polvo seco, la niebla húmeda, el viento sonoro,

borrarán cada una de las huellas.

La comunicación poética es una ilusión,

una posibilidad de fe que dura un instante.

Se adapta el rito a los tiempos:

en los márgenes del poblamiento exterior

surge un templo laico de modernidad

en el que velar a los difuntos de forma aséptica

guardando la esencia del contacto humano.

Solo importa el presente continuo,

lo que la piel y las inidentificables ondas mentales

transmiten de forma vívida y amorosa,

un impagable consuelo en medio del dolor.

El abandono y la aceptación resignada

elevan la humanidad amorosa y afectiva

hasta lugares insospechados de mística seglar.

Poema 595: Ascensos y descensos

Ascensos y descensos

La suma de incomodidades diarias

no está exenta de momentos brillantes.

El niño de apariencia frágil y pocos amigos

se ha convertido en un adolescente fuerte,

con gran personalidad, integrado en el mundo.

Desfilan ante mí –cuando todo se me olvida

imágenes cíclicas de abrazos, despedidas y reencuentros.

Inundaciones, soluciones a problemas diversos,

sobrevivir, por encima de todos los demás asuntos,

encajar, lesionarme, expandirme y correr,

ascender a un volcán o al pico Pinajarro,

esa suerte que me acompaña como un aura,

el miedo que se oculta tras una sonrisa

y el delicado equilibrio del agotamiento.

Y casi siempre la anécdota o el momento estelar,

esos que la apisonadora del tiempo va aplanando,

pero que superpuestos son ya cumbre y apogeo.

Cientos de poemas, casi nunca banales para mí,

me muestran esos cielos de auroras y ocasos,

el esfuerzo y el tesón, el enfoque en cada asunto,

la búsqueda de soluciones óptimas

y la minimización de los desastres inesperados.

Se pasa la vida y se pasan algunas oportunidades

de otros modus vivendi, otras cosmogonías,

una vida menos pública o el riesgo del éxito o fracaso.

El Universo expande tu mota de polvo cósmica

durante un instante infinito hasta desparecer.

Poema 591: El club de los vecinos muertos

El club de los vecinos muertos

La vida a veces dura una novela,

o menos.

Nos toleramos, nos queremos, nos acariciamos,

ese reconocimiento crea un hueco,

un espacio vital en el que leemos, razonamos,

nos reímos todo lo que podemos, ¡a veces tan poco!

La cultura o los proyectos, o las maquinaciones,

cada cual posee un motor más o menos contaminante.

El club de los vecinos muertos aumenta cada año:

reflexiono sobre mis recuerdos de ellos,

su voz, el impacto de su presencia, algunas frases,

la bondad o no de sus presupuestos.

–En este banco conversamos–, –el tiempo pasó volando–,

–siempre sonreía mientras hablábamos–,

–me lo crucé muchas veces, pero nunca intimamos–.

Un día desaparecieron y no lo supe hasta semanas después,

o meses, sin apenas circunstancias explicativas.

El club se extinguirá conmigo, como idea, como poema,

no la realidad de la muerte, no los huecos,

ni los espacios mentales o el rastro de las voces

grabadas en un subconsciente que tratamos de ignorar.

Mis descendientes no sabrán apenas nada de mí,

menos de lo que conocieron esos desaparecidos

a los que tangencialmente saludé o reconocí

en el paisaje diario, en la cordialidad vecinal.

Nada les importa ya, nada les concierne,

llega la insignificancia tras la apoteosis del sol poniente.

Poema 576: La Edad

La edad

Hay un tiempo en que el tiempo se detiene,

hay días del año en que todo se repite,

rostros conocidos simulan continuidad,

obvias arrugas, calvicies o canas,

lo afectuoso esconde con eficacia las miserias,

los duelos y los quebrantos.

El desfase de autopercepción funciona,

y en el juego de naipes puedes triunfar,

acostarte ese día satisfecho tras un gin-tonic,

y un cúmulo de conversaciones no siempre banales.

Revisarás al día siguiente las fotografías,

las palabras y las noticias de los hijos,

echarás de menos a quienes ya no cumplirán

los ritos iniciáticos de las matemáticas.

Se ha pasado la vida en un suspiro entre Bourbakis,

docencia, viajes y algunos poemas interesantes.

A solas, en el silencio aún vibrante de la noche

meditarás acerca de la propia insignificancia:

has transitado calles vacías y máscaras remotas,

necesitas un nuevo filtro de miope belleza

capaz de cubrir la órbita elíptica completa.

Satisfecho, comienzas a tejer una senda

de placeres, emociones, lecturas fascinantes,

la existencia local que desenfoca el plano cenital.

Poema 560: Abro la ventana

Abro la ventana

Entra frío, el ruido de esta hora

vehículos, rumor de fondo del tráfico,

me sorprende la luna aún alta por el oeste,

caminantes zombis, nubes,

ahí afuera está el mundo,

también en las montañas de libros

que me alegran y desasosiegan.

Salen de mi cabeza las noticias oscuras,

asesinatos, guerras, políticos destructivos,

entra la actriz hermosa de una serie,

las palabras de Ana Blandiana sobre la poesía:

es esencia y símbolo.

Regresan las ocupaciones del día,

el microcosmos educativo,

las pequeñas decisiones volitivas,

qué escuchar en el viaje,

cómo terminar este poema.

Afuera está la vida y las múltiples sensaciones,

la acción que se convertirá en verso,

el saludo apresurado de mis hijos

en su camino rutinario al aprendizaje.

Solo queda una región inhóspita del espacio

de la que tengo que salir en unos minutos.