No quise ni mirar

Todos somos huéspedes de la vida,

vivir es solo una costumbre.

                                    Anna Ajmátova, en Bocetos de Komarovo

No quise ni mirar, pero la vi, mediada,

ya no era la insinuación lunar con forma de columpio.

El tiempo en el que picoteas imágenes

parece eterno en la indecisión,

instantes similares repetidos con leves variaciones,

hasta que un día el paradigma ha cambiado y es otro.

Esa arruga o ese pelo ralo permanecen una línea,

un verso como la costumbre de vivir,

lejos de la Odisea, de la épica narrativa arcaica.

Si alguien clasificara las vidas cotidianas

de personas anónimas en categorías

podría romper la continuidad aparente

por sus estados de ánimo o sus consumos culturales:

las noticias, las mensajeras, los podcasts,

la velocidad calzada de viento de modas y consignas.

La vitalidad al uso es un no parar, no detenerse,

no meditar o respirar ante la belleza de un soplo

no desperdiciar esa vida insuflada o adquirida,

siempre menguante, siempre abierta y etérea.

–¿Por qué escribes? –, Te dirá el ciclista encadenado

a una rutina-cadena maquinal y ciertamente placentera.

–¿Por qué lees? –, Te dirá tu elaboración interior

ante el campo recién espigado agitado por la brisa.

Tras un año de vicisitudes olvidables y mecánicas,

recuerdo la colina a una milla del centro comercial

sobre la que me senté un día inusualmente festivo:

tristeza inicial, autoconsciencia, fusión natural,

un hueco en el tiempo y una fotografía que nada captó.

Vivir es solo una costumbre.

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