Poema 748: Valles navarros sur

Valles navarros sur

En el camino al sur

no te olvides del tortillón de Lesaka.

                                          Salvador Sabater

La biblioteca circular de Irún es impresionante,

un símbolo de modernidad arquitectónica.

La Isla de los Faisanes pasó desapercibida

entre la belleza ribereña del Bidasoa

y los caseríos llenos de flores y color.

Alguien recordó la semejanza del cañón

con los farallones iniciales del Danubio

en aquel viaje conmemorativo que volvió a unirnos.

La intendencia funcionaba como un reloj,

capaz de enfriar una sandía en el río

mientras la cadena humana elaboraba bocadillos.

Los días de amistad sosegada se sucedían

ansiosos de llegar al balneario salado y centenario

en cuyas aguas flotamos relajadamente.

Comimos por encima de nuestras posibilidades–,

dije al contemplar la perola repleta de marmitako

mientras un sosías de Mario Bros repartía las viandas.

El sendero de vuelta se llenó de sombras chinescas,

antes de que el sapo enorme se cruzara en el camino.

Quedaba como hito abordable el ascenso al Orokieta

en cuya cima nos esperaba una antología frutal

y la promesa de un descenso bellísimo y sinuoso

hacia el río Gorostieta de pozas heladas y profundas.

Las jornadas ciclistas terminaron en un frontón navarro

con algunos participantes dándole a la pelota

y un festín de merluza al más puro estilo de Asterix le Galois.

Poema 747: Valles navarros norte

Valles navarros norte

Cuando el perro grande ladra gravemente

el eco de su voz resuena en todo el valle.

La inmensa sucesión de túneles infinitos,

llenos de barro calizo, húmedos, misteriosos,

nos ha dejado extenuados.

La llamada ciclista ha superado las expectativas,

imbuidos de tolerancia y de ilusión aventurera.

En la noche de cuarto creciente las risas

conducen al pórtico fotogénico,

observados por vecinos al contraluz

inquietos por el alborozo excursionista.

El grupo absorbe todas las disidencias,

ensalza virtudes, amplifica las ocurrencias

y diluye las penas en el libre pedaleo diario.

Puede sorprenderte un macho cabrío

o un salto de agua junto a un molino abandonado,

una suma de imágenes con fondo verde,

o una siesta necesaria en una umbría del camino.

Al llegar a Guipúzcoa los valles se abren a la luz del mar,

atravesando industrias y tráfico pesado.

La serpiente multicolor atraviesa Astigarraga

y se dirige voraz hacia el Kursal.

El trompetista en el paseo nuevo,

refugiado del sol bajo un paraguas, entona un blues.

Es el momento esperado del baño cantábrico,

las míticas coreografías y el nadar hasta el gabarrón.

El camino hacia el norte se completa en Irún

tras vertiginoso descenso,

en un hotel de maderas crujientes y rancio abolengo.

Poema 746: El vértigo de los días

El vértigo de los días

El vértigo de los días es prodigioso,

amaneces en un planeta y oscureces en otro,

el pensamiento dota de continuidad

a la suma independiente de puntos álgidos,

una narración vital, una reconversión ética,

todas las ponderaciones necesarias y suficientes

en la locura estadística de datos y alcances

del festín informático y electivo actual.

Alejados de la agenda los genocidios,

terremotos, incendios, las destrucciones creativas,

aparece el fútbol circense y mediático

en el que una decisión o la fortuna voltean el relato.

Cualquier generador puede pasar de un prompt

a un poema simbólico como este,

mas incapaz de extraer una sinopsis en cincuenta palabras

cuando aparecen determinados conceptos vetados.

Los días se han ampliado hasta la extenuación metafísica,

rutinas acopladas al borde superficial optimizado,

titulares a cuatro columnas tan efímeros como hirientes,

la mente evolutiva en constante ebullición erudita,

solo el olvido necesario e higiénico desbloquea la memoria,

permite la inclusión en tropel de nuevas imágenes,

experiencias inmersivas, fuegos fatuos animados,

la voracidad ávida de aprovechamiento tan humana.

Viajas a una velocidad trepidante, amplías cada instante

vaciando el peso específico de cada interacción,

seleccionando los ítems desencadenantes de emociones,

lo inesperado en su belleza intrínseca alegórica,

un todo elevado y avivado por notables afectos espontáneos.

Poema 745: El río ciclista

El río ciclista

“Me arrepiento de dos cosas, –dijo el ciclista–,

de haber llevado al desguace el viejo Ebro de mi padre

y de haber vendido la moto roja de mi juventud.”

                                                     Abelardo, ciclista ocasional

Recién llegado a la fiesta ciclista, ubicaba cascos y colores,

uniformes homogéneos fotografiados bajo la torre mudéjar.

El alma de la ruta, lesionado, irradiaba optimismo y mecánica,

un enorme carro transportador de bicicletas, cinchas, ayudantes,

toda la parafernalia reputacional que quiso conseguir.

Anécdotas de aquella primera ruta inaugural, pioneros

que siguiendo el río Guareña fueron marcando hitos y leyendas.

Magníficos paisajes de la Castilla estival, girasoles amarillos,

colinas, un vertiginoso descenso al valle fluvial,

el frescor increíble de las grutas milenarias del vino,

las águilas y cigüeñas que se afanan tras las cosechadoras.

Las mismas pausas rituales: miradores, puentes ancestrales,

fotografías con la espectacular colegiata románica al fondo,

y finalmente el ceremonial del baño fluvial

enmarcado por los ojos históricos del puente medieval.

Arbucala, ciudad vaccea, contemplaba desde las alturas

el chapoteo divertido de los ciclistas experimentados.

La jornada de épica ciclista para unos e iniciática para otros

culminó pantagruélicamente en casa La Pacheca

con un enorme festín de comida rústica y sabrosa,

elevando las conversaciones y los espíritus,

alimentando los cuerpos agotados por los caminos fluviales.

Poema 744: Campa

Campa

Una campa y el oxígeno que entra a raudales

entre cientos de recuerdos:

no suelen aparecer en la mente enredada,

el poco dormir y la escasa lectura.

Mantener las constantes vitales y poco más

es el ejercicio cotidiano fundamental,

en estos tiempos complicados de asistentes virtuales,

de lapsos que desperdiciamos y ansiamos,

apenas meditación o fijación de ideas

alejándonos de las vidas antepasadas.

La campa invita a la vida horizontal,

olor a heno, yodo, infinitud marina,

al lado, cientos de humanos se afanan en la arena:

bañarse, leer, conversar, dormitar vitaminándose.

Se abre la mente después de muchas horas de sueño

a la percepción de belleza y descanso,

ausencia de problemas en el corto plazo y olvido,

un abandono al lugar y la circunstancia,

un ejercitar de la indolencia y el reposo lector.

Múltiples islotes accesibles o no, conectados por el mar

ese líquido cefalorraquídeo en el que bucea la consciencia,

los nombres, las imágenes, los recuerdos.

Calma y paz y ausencia de necesidades básicas,

Tolerancia y pequeño disfrute de rincones singulares

del mar distinto cada verano, insólito mar Cantábrico

de lunas decrecientes y compañías que evolucionan.