El sol de acero se refracta en nubes metálicas

A lo lejos, desde un punto de fuga único

descienden en cascada sobre los pinos míticos

rayos solares escapados de alguna tormenta.

Diríase un ataque desproporcionado sobre población indefensa

inútil denunciar la tremenda injusticia

por el escudo político-patriota intimidatorio.

En la noche festiva los fuegos artificiales se derraman

en otro fúlgido embate simulado e irreal

un espectáculo maligno digno de la contemplación final.

Un instante después el ojo avizor descubre dos soles

tan ficticios como los fuegos o la lluvia en racimo,

una utópica referencia al universo de Murakami.

Minutos más tarde, todo lo expansivo se convierte en vórtice

absorción desesperada de la atención,

todas las luces concentradas en otro orbe ilusorio.

La fuerza central depresiva atrae cualquier disidencia

la convierte en materia combustible

antes de hacerla desaparecer en la retícula de neuronas.

Hacia el mediodía, el episodio meteórico ha concluido,

deja tras de sí una inmensa resaca emocional

y el quebranto indefinido del optimismo secular.

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