Hipnotizado por el cielo

Las expectativas de la tarde eran anodinas:

una exposición de labores artesanas

con miles de horas de dedicación amante,

juegos juveniles de competición ansiosa,

y quizás un paseo al atardecer

hollando los caminos ancestrales del pueblo.

Revoloteaban las bicicletas como abejas

inquietas, concéntricas y dispares

provocando la envidia del pedaleo en el ocaso.

Integrado en el grupo ciclista anónimo

fui reconociendo y saludando a amigos,

hijos ciclistas llenos de ilusión infantil,

siguiendo el itinerario de los organizadores.

El sol decreciente escondido tras un ovni nuboso

comenzó a romper la densidad vaporosa

en un naranja apasionado y apocalíptico.

Ya no eran rayos heliocéntricos,

sino manos meteoríticas que trataban de agarrarlo,

una garra hipersónica viajera desde el espacio profundo,

un desastre sideral solo visible por los ciclistas.

Hipnotizado, abandoné el grupo heterogéneo

para imaginar las dimensiones de la ceguera cósmica,

como si Saramago hubiera tomado cartas en el asunto.

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