
Concierto de otoño
Los violines han entrado con fuerza social
inmediatamente contestados por las violas
en una batalla musical inolvidable.
Han dejado el campo de juego presto
para que el oboe solista pueda lucir su chaqueta.
A última hora aparece una nota disonante,
un fuera de juego clamoroso y estúpido
una traición de instrumentos ínfimos
incrustados en la parte derecha de la orquesta.
Habría sido suficiente con el silencio disidente
evitando la falsía, el engaño y el cálculo obtuso.
Sin tiempo para componendas arranca Prokofiev,
tumulto callejero de Capuletos y Montescos,
la vida capitalina invadida por una juventud burlada
que busca vías de escape improvisadas.
El terciopelo azul de la americana solista permanece
en el recuerdo visual del espectador,
persisten y evolucionan las ideas expansivas
antes de esos segundos de silencio interminable
tras la muerte de los amantes veroneses.
La electricidad permanece en la calle animada
en un otoño cálido y todavía reseco,
invadidas todas las agendas por la premura habitacional.
Las notas del concierto inaugural aún perduran.


















