
El día del eclipse
La presión social y mediática
se coló esa noche en mis sueños
antes de un amanecer caminante.
Al alba recorrí la ruta consabida
hasta las pozas altas:
vía verde, puente del ferrocarril,
huertas y villas río arriba,
el albergue juvenil y la piscifactoría,
el embalse y la casa de Marinejo.
Me bañé desnudo en el agua helada
y bajé al pueblo a desayunar churros.
Comimos en casa de mis padres,
un vergel pese a las tomateras resecas
y un cerezo vacío de signos vitales.
La histórica villa castellana
miraba ya a media tarde hacia el sol:
decenas de vehículos apostados en la Campa,
filtros y telescopios preparándose
y mantas tendidas en el secarral
repletas de familias con ansia de oscuridad.
La luna parecía engullir el sol morosamente,
bullicio, expectación, alboroto,
antes de que el silencio ocultase al astro.
Unos segundos, cinco fotografías, oscuridad.
Aplausos espontáneos en el regreso luminiscente
y la sensación confusa de tanta belleza efímera.
El ocaso del sol mordido fue monumental.


















