
La suma
La suma enorme de buenos momentos
se me escapa de las manos.
Ese rato en el que conseguí leer de seguido veinte páginas,
la inesperada cerveza conversadora con un ya amigo,
imágenes múltiples del partido de pádel,
el corte del brócoli en el huerto con un cuchillo gigante,
un paseo atravesando el río en el que cogí unas lilas,
o el fugaz instante en el que el arqueólogo aficionado de otro poema
me mostró con datos profusos su profesionalidad excavadora.
La acumulación es tan amplia que tiendo a archivar
otros momentos estelares de cierta proximidad:
la luna poniente silueteando los modernos molinos
de una Tierra de Campos trenzada por múltiples cables
en un amanecer paternofilial de ruta esquiadora.
El cumpleaños del patriarca dos días atrás flota ya en el limbo,
al igual que esos espárragos silvestres que recolecté
en un pinar solitario y recóndito azotado por el viento.
Vivir cada día con esta intensidad contingente
es un enorme privilegio que oculta hitos anteriores,
dota de continuidad esencial al pensamiento discreto
y consolida una imagen resistente al flujo informativo.


















