Poema 754: El día del eclipse

El día del eclipse

La presión social y mediática

se coló esa noche en mis sueños

antes de un amanecer caminante.

Al alba recorrí la ruta consabida

hasta las pozas altas:

vía verde, puente del ferrocarril,

huertas y villas río arriba,

el albergue juvenil y la piscifactoría,

el embalse y la casa de Marinejo.

Me bañé desnudo en el agua helada

y bajé al pueblo a desayunar churros.

Comimos en casa de mis padres,

un vergel pese a las tomateras resecas

y un cerezo vacío de signos vitales.

La histórica villa castellana

miraba ya a media tarde hacia el sol:

decenas de vehículos apostados en la Campa,

filtros y telescopios preparándose

y mantas tendidas en el secarral

repletas de familias con ansia de oscuridad.

La luna parecía engullir el sol morosamente,

bullicio, expectación, alboroto,

antes de que el silencio ocultase al astro.

Unos segundos, cinco fotografías, oscuridad.

Aplausos espontáneos en el regreso luminiscente

y la sensación confusa de tanta belleza efímera.

El ocaso del sol mordido fue monumental.

Poema 753: El lugar de los ritos

El lugar de los ritos

La toponimia delata un lugar mágico

fuera de las expectativas de los lugareños

que han perdido la continuidad del relato.

Lagares Celtas, piedras enormes talladas

en las que el caminante imagina sacrificios

o fiestas de la vendimia pisando las uvas.

Tres paisanos se afanan en repartir el riego

por inundación ancestral de sus olivos,

ingeniería del agua sobre árboles centenarios.

El lugar semiabandonado, levemente señalizado

desprende un aura de lugar comunal

ya olvidado e integrado entre vallados privados.

No es difícil imaginar la comunión con la naturaleza

en estos parajes místicos de ceremonias y cultos:

al llegar la primavera celebrarían el culto a Ataecina,

diosa ctónica de la fertilidad y el renacimiento;

en el otoño los ritos serían alrededor de Sucellus

dios lusitano de los bosques, la medicina y el vino.

Un caballo pasta con lentitud y mirada perdida

en el prado aledaño sombreado por alcornoques,

único vestigio ya de la vida pretérita de los Lagares.

Poema 752: La mañana del caminante

La mañana del caminante

Indescriptible el olor en la mañana del caminante,

riachuelos, albahaca, verdes prados,

el Romañazo donde pastan las vacas,

la senda estrecha del Otoño Mágico.

–Se quemó el pinar–, dijo Beni,

–el fuego es un espectáculo, para mal–.

Domina la calima en las alturas,

oculta levemente el negro tizne del fuego,

y sin embargo en el valle crecen zarzamoras,

corretea el agua cristalina y pían los pájaros.

Varios robles interiores sombrean las ruinas

de una posada o estación de abastecimiento

en la antigua línea del ferrocarril ya vía verde.

El premio del caminante es un baño primigenio,

en el agua helada que se remansa un instante

para luego seguir cantarina su curso en cascadas.

En el descenso se aprecian las ruinas de chozos,

refugios centenarios que conservan el dintel

invadidos por vegetación salvaje e hiriente.

Las sendas discurren entre vallados seculares

y prados llenos de olivos bien cargados

antes de cruzar el mítico puente de la fuente chiquita.

La civilización transaccionará un café con porras

como final apoteósico de la mañana del caminante.

Poema 751: Noches en el lago

Noches en el lago

El fuego ilumina la noche en el lago

deforma siluetas superpuestas

atrae todas las miradas.

A decenas de kilómetros de distancia

se aprecia la morfología evolutiva,

los cambios de curvatura del amplio frente.

Dentro de unos minutos aparecerá la luna

ya no gibosa ni tan naranja

luz opuesta al rojo intenso del desastre.

El lago sinuoso en sus orillas es un imán

que atrae cada noche la vista lucernaria

un remanso de chicharras y grillos agotados.

El cono de visibilidad desde la altura

es un privilegio inesperado y tremendo

que ningún animal quiere perderse.

Las campanas decretarán el fin de la noche

lo efímero de un viaje fantástico,

el único recuerdo de fotografías avanzadas.

La llegada del día determina el fin del avistamiento

de unas llamas que progresan aventadas

o se ralentizan al paso de los hidroaviones.

La noche fue quizás un sueño horario

un placer efímero y encendido de los sentidos

la asunción de una inesperada plenitud.

Poema 750: Hiperconexión

Hiperconexión

Fluye la masa como lava salvaje

en puertos o aeropuertos,

alcanzar lo alcanzado en la hiperrealidad,

visión de futuro, ya pasado.

Esa emoción primaria del recuerdo

botas con tacos y un césped mudo,

antes de toda la parafernalia mundialista.

Las hormigas colonizan el lugar mágico

antes del eclipse mediático

de obligada observación.

Lagunas mentales en la no lectura,

estimulados por algoritmos

penetrantes e inútiles.

El nivel del ignorante crece en ignorancia

el del estulto en estulticia

para maravilla del espectador dopado.

Islas y oasis escasos y cotizados

en tiempo y localización espacial

de un glaciar que desaparece

arrastrado por el agua tecnologizada.

Problemas resueltos sin verificación

allá donde la estadística se la juega

cuánticamente.

El verano suma una integridad,

apuntes varios de felicidad social

un tiempo de luz añorado

en la oblicuidad de los rayos estelares.

Con plena consciencia ascendemos

hacia el privilegio de cada día.

Poema 749: La luna de los miopes

La luna de los miopes

Sale la luna sobre el lago por entre las montañas,

anaranjada y decreciente amplifica su volumen

al mirarla desde mi miopía del siglo veintiuno.

Las moles montañosas se superponen en planos indiscernibles,

crean una sensación de sueño o irrealidad.

Miles de luces cual luciérnagas fijas

surgen de la ribera, estratificadas y aleatorias.

Los grillos silencian todos los ruidos nocturnos,

oscuridad de siluetas iluminadas por el satélite convexo

mientras descansa el mundo a orillas del gran lago italiano.

Se entremezclan los palacios con la arboleda

en estas noches irrepetibles del agosto caluroso.

La montaña penetra en la villa en forma animal,

observatorio privilegiado de insectos noctámbulos,

o un macho cabrío que pasta distraídamente

antes de saltar liviano entre bancales y vallados.

La estela lunar convierte la visión sin lentes

en alucinado impresionismo imaginado,

ora definido, ora difuminado en multitud de luminarias.

La inseguridad del miope se vuelve arte,

belleza, formas fantásticas y lugares evocados,

una constelación propia y enigmática

antes de aguzar la vista en una transición onírica.

Tratas de aprehender toda la belleza plana,

sin puntos de fuga ni composiciones áureas,

una suma humana de avances e invasiones imparables

desde que Turner inmortalizara el lago en el diecinueve.

Descansa el valle de las campanas diurnas,

de todo el tráfico turístico en ambas orillas,

de las hordas de pasajeros que desembarcan

invadiendo plazas y callejuelas, tiendas y cafés

en la búsqueda de la mejor fotografía instagrameable.

La luna ilumina la paz, el sosiego y el descanso

antes de una nueva jornada exploradora.

Screenshot

Poema 748: Valles navarros sur

Valles navarros sur

En el camino al sur

no te olvides del tortillón de Lesaka.

                                          Salvador Sabater

La biblioteca circular de Irún es impresionante,

un símbolo de modernidad arquitectónica.

La Isla de los Faisanes pasó desapercibida

entre la belleza ribereña del Bidasoa

y los caseríos llenos de flores y color.

Alguien recordó la semejanza del cañón

con los farallones iniciales del Danubio

en aquel viaje conmemorativo que volvió a unirnos.

La intendencia funcionaba como un reloj,

capaz de enfriar una sandía en el río

mientras la cadena humana elaboraba bocadillos.

Los días de amistad sosegada se sucedían

ansiosos de llegar al balneario salado y centenario

en cuyas aguas flotamos relajadamente.

Comimos por encima de nuestras posibilidades–,

dije al contemplar la perola repleta de marmitako

mientras un sosías de Mario Bros repartía las viandas.

El sendero de vuelta se llenó de sombras chinescas,

antes de que el sapo enorme se cruzara en el camino.

Quedaba como hito abordable el ascenso al Orokieta

en cuya cima nos esperaba una antología frutal

y la promesa de un descenso bellísimo y sinuoso

hacia el río Gorostieta de pozas heladas y profundas.

Las jornadas ciclistas terminaron en un frontón navarro

con algunos participantes dándole a la pelota

y un festín de merluza al más puro estilo de Asterix le Galois.

Poema 747: Valles navarros norte

Valles navarros norte

Cuando el perro grande ladra gravemente

el eco de su voz resuena en todo el valle.

La inmensa sucesión de túneles infinitos,

llenos de barro calizo, húmedos, misteriosos,

nos ha dejado extenuados.

La llamada ciclista ha superado las expectativas,

imbuidos de tolerancia y de ilusión aventurera.

En la noche de cuarto creciente las risas

conducen al pórtico fotogénico,

observados por vecinos al contraluz

inquietos por el alborozo excursionista.

El grupo absorbe todas las disidencias,

ensalza virtudes, amplifica las ocurrencias

y diluye las penas en el libre pedaleo diario.

Puede sorprenderte un macho cabrío

o un salto de agua junto a un molino abandonado,

una suma de imágenes con fondo verde,

o una siesta necesaria en una umbría del camino.

Al llegar a Guipúzcoa los valles se abren a la luz del mar,

atravesando industrias y tráfico pesado.

La serpiente multicolor atraviesa Astigarraga

y se dirige voraz hacia el Kursal.

El trompetista en el paseo nuevo,

refugiado del sol bajo un paraguas, entona un blues.

Es el momento esperado del baño cantábrico,

las míticas coreografías y el nadar hasta el gabarrón.

El camino hacia el norte se completa en Irún

tras vertiginoso descenso,

en un hotel de maderas crujientes y rancio abolengo.

Poema 746: El vértigo de los días

El vértigo de los días

El vértigo de los días es prodigioso,

amaneces en un planeta y oscureces en otro,

el pensamiento dota de continuidad

a la suma independiente de puntos álgidos,

una narración vital, una reconversión ética,

todas las ponderaciones necesarias y suficientes

en la locura estadística de datos y alcances

del festín informático y electivo actual.

Alejados de la agenda los genocidios,

terremotos, incendios, las destrucciones creativas,

aparece el fútbol circense y mediático

en el que una decisión o la fortuna voltean el relato.

Cualquier generador puede pasar de un prompt

a un poema simbólico como este,

mas incapaz de extraer una sinopsis en cincuenta palabras

cuando aparecen determinados conceptos vetados.

Los días se han ampliado hasta la extenuación metafísica,

rutinas acopladas al borde superficial optimizado,

titulares a cuatro columnas tan efímeros como hirientes,

la mente evolutiva en constante ebullición erudita,

solo el olvido necesario e higiénico desbloquea la memoria,

permite la inclusión en tropel de nuevas imágenes,

experiencias inmersivas, fuegos fatuos animados,

la voracidad ávida de aprovechamiento tan humana.

Viajas a una velocidad trepidante, amplías cada instante

vaciando el peso específico de cada interacción,

seleccionando los ítems desencadenantes de emociones,

lo inesperado en su belleza intrínseca alegórica,

un todo elevado y avivado por notables afectos espontáneos.

Poema 745: El río ciclista

El río ciclista

“Me arrepiento de dos cosas, –dijo el ciclista–,

de haber llevado al desguace el viejo Ebro de mi padre

y de haber vendido la moto roja de mi juventud.”

                                                     Abelardo, ciclista ocasional

Recién llegado a la fiesta ciclista, ubicaba cascos y colores,

uniformes homogéneos fotografiados bajo la torre mudéjar.

El alma de la ruta, lesionado, irradiaba optimismo y mecánica,

un enorme carro transportador de bicicletas, cinchas, ayudantes,

toda la parafernalia reputacional que quiso conseguir.

Anécdotas de aquella primera ruta inaugural, pioneros

que siguiendo el río Guareña fueron marcando hitos y leyendas.

Magníficos paisajes de la Castilla estival, girasoles amarillos,

colinas, un vertiginoso descenso al valle fluvial,

el frescor increíble de las grutas milenarias del vino,

las águilas y cigüeñas que se afanan tras las cosechadoras.

Las mismas pausas rituales: miradores, puentes ancestrales,

fotografías con la espectacular colegiata románica al fondo,

y finalmente el ceremonial del baño fluvial

enmarcado por los ojos históricos del puente medieval.

Arbucala, ciudad vaccea, contemplaba desde las alturas

el chapoteo divertido de los ciclistas experimentados.

La jornada de épica ciclista para unos e iniciática para otros

culminó pantagruélicamente en casa La Pacheca

con un enorme festín de comida rústica y sabrosa,

elevando las conversaciones y los espíritus,

alimentando los cuerpos agotados por los caminos fluviales.