
La luna de los miopes
Sale la luna sobre el lago por entre las montañas,
anaranjada y decreciente amplifica su volumen
al mirarla desde mi miopía del siglo veintiuno.
Las moles montañosas se superponen en planos indiscernibles,
crean una sensación de sueño o irrealidad.
Miles de luces cual luciérnagas fijas
surgen de la ribera, estratificadas y aleatorias.
Los grillos silencian todos los ruidos nocturnos,
oscuridad de siluetas iluminadas por el satélite convexo
mientras descansa el mundo a orillas del gran lago italiano.
Se entremezclan los palacios con la arboleda
en estas noches irrepetibles del agosto caluroso.
La montaña penetra en la villa en forma animal,
observatorio privilegiado de insectos noctámbulos,
o un macho cabrío que pasta distraídamente
antes de saltar liviano entre bancales y vallados.
La estela lunar convierte la visión sin lentes
en alucinado impresionismo imaginado,
ora definido, ora difuminado en multitud de luminarias.
La inseguridad del miope se vuelve arte,
belleza, formas fantásticas y lugares evocados,
una constelación propia y enigmática
antes de aguzar la vista en una transición onírica.
Tratas de aprehender toda la belleza plana,
sin puntos de fuga ni composiciones áureas,
una suma humana de avances e invasiones imparables
desde que Turner inmortalizara el lago en el diecinueve.
Descansa el valle de las campanas diurnas,
de todo el tráfico turístico en ambas orillas,
de las hordas de pasajeros que desembarcan
invadiendo plazas y callejuelas, tiendas y cafés
en la búsqueda de la mejor fotografía instagrameable.
La luna ilumina la paz, el sosiego y el descanso
antes de una nueva jornada exploradora.


















