
Paseo matinal
Los pittosporum compiten con los tojos y las zarzas
en una batalla desigual.
Pisas una baya y los racimos anaranjados,
fecundan, cual bomba de relojería,
una tierra negra y húmeda que bebe del mar.
El sendero de Costa Quebrada
es una romería coloreada del Decathlon,
un hormigueo para observar el tómbolo en otoño
cuando la marea se aleja de la costa.
Intenso olor penetrante de plantas salvajes
en una cúpula de nubes que contiene al sol.
Los tractores se afanan en los prados
y la silueta de una ciclista se recorta
en el horizonte animando la escena.
Me detengo y no quiero salirme
de este encuadre inhabitual tan hermoso.
En la arena, tras escalar las rocas abrasivas
uno siente el paraíso virginal,
el vértigo, humedad y esfuerzo,
de quien ha conquistado
una porción minúscula de naturaleza salvaje.
La gran roca del semi islote
semeja una gran nave espacial
tumbada en ángulo de sesenta grados:
capas superpuestas de roca gris con borde fractal.
Un perro corretea por la playa absurda
enloquecido por el golpeteo de las olas
sobre los acantilados inexpugnables.
La mañana se ha vestido de belleza natural.


















