Poema 734: Leer en tiempos del scroll

Leer en tiempos del scroll

Exultante tras poder leer quince páginas

de un libro que reposa en la mesa desde Navidad,

una atmósfera repetitiva y circular

con sutiles cambios en cada circunvolución.

Leer exige detenerse un instante y perseverar

olvidar esa velocidad vital de amplio espectro,

dejarse llevar por ruinas morales, miserias, esperanzas,

amalgamarse con los personajes o los lugares,

olvidar las consideraciones vitales sobre el uso del tiempo.

Comprar un libro es ahora un acto de velocidad

uno más en la rueda de vivir aceleradamente,

de transitar sin solución de continuidad

por hitos de alta intensidad visual o emocional.

El paseo nocturno por una ciudad de piedra

semivacía en vísperas de luna llena

es el culmen de una jornada pura maravilla,

belleza, cultura, diálogo, compañía espléndida,

una fecha que debiera ser un hito estético memorable.

La lectura dota de continuidad a esa suma de eventos,

desaforada a veces, como una huida hacia delante,

es capaz de crear un relato consistente,

un cuasi propósito impresionista en el paisaje vital.

El gran lujo del tiempo futuro será la inutilidad aparente

de dedicarle ese tiempo tan preciado al inmovilismo lector,

ese engaño transitorio de la mente que se cuela en espacios

ajenos a la tecnología y al ansia vital tan extendida.

El reposo lector conlleva meditación, recogimiento,

reflexión contemplativa de esa huida creativa

en este lapso extendido del tiempo siempre insuficiente.

Poema 729: Un día dejé de saltar

Un día dejé de saltar

Un día dejé de saltar,

la sensación magnífica de estar por encima de bancos, sillas, vallas,

unos instantes suspendido en el aire:

uno, dos, tres, cuatro segundos…

Aquella sensación imparable de saltar.

La plasticidad de tu mente se acostumbra

se amolda a declinar el salto por temor,

una caída, la gravedad que se ha impuesto.

Los cambios llegan con continuidad teórica,

algunos son imperceptibles en el corto plazo

otros son conscientes y visibles automáticamente.

Continúo jugando al futbito a otro ritmo,

viendo pasar la pelota las más de las veces,

calentando de forma artificial resignadamente.

Cuando dejas de saltar también olvidas,

olvidas el placer y la ebullición del cuerpo en primavera,

la agilidad de poder subirte a un árbol,

la predisposición mental a realizar cualquier deporte.

La vida pesa, también pesa la tristeza o el desánimo,

esas montañas rusas que te transportan

como alfombras voladoras aleatorias

desde las que observas la belleza y la miseria.

La alfombra mágica a veces se llama bicicleta,

otras veces es más estática y se autodenomina meditación.

No hay tiempo para el balance o la deserción,

los impulsos de fuerza deben reorientarse,

aprender a permanecer anclado al suelo casi siempre

hasta que las condiciones permitan volar un instante

en las notas mágicas de una sinfonía

o en el residuo seco, mas lleno de sudor,

de una colectividad deportiva o emotiva, familiar o amistosa.

El final del salto es un símbolo adaptativo,

una reconversión necesaria e inteligente,

la virtud en medio de la necesidad madura de permanencia.

Poema 707: Las batallas

Las batallas

Las sombrillas destrozadas y abandonadas

son un paisaje de guerra

solo comparable a las batallas internas

que una puede ignorar o considerar

ante amigas o psicólogas.

Sobrevivir es siempre el objetivo último

de cada célula, tejido, músculo, apariencia,

rutinas aprendidas durante décadas,

movimientos de respuesta rápida

o meditaciones sin aparente camino de salida.

La tortuosa vida interior, siempre mediada

por roces finos o dolorosos o inadvertidos

con el exterior, con las enfermedades,

con la conciencia social tan arraigada.

En la batalla del dolor contra el vacío

siempre pierdes;

solo la sonrisa o la risa abierta y franca

será capaz de anestesiarte durante un lapso

más o menos benigno de tiempo.

La sola mención a una guerra-espectáculo,

mediática, televisada y jaleada por el capital

sacude todos los mercados dañando a los pobres,

más desigualdad, más esclavismo, más inhumanidad.

Los cerebros reptilianos parecen estar preparados

para unirse a la llamada de vocablos ancestrales:

atacar, destrozar, domeñar, aniquilar.

Solo la inteligencia compasiva puede mediar, resistir,

elevar estructuras éticas a cumbres bien visibles,

conseguir adhesiones y finalmente triunfar.