Poema 723: No quise ni mirar

No quise ni mirar

Todos somos huéspedes de la vida,

vivir es solo una costumbre.

                                    Anna Ajmátova, en Bocetos de Komarovo

No quise ni mirar, pero la vi, mediada,

ya no era la insinuación lunar con forma de columpio.

El tiempo en el que picoteas imágenes

parece eterno en la indecisión,

instantes similares repetidos con leves variaciones,

hasta que un día el paradigma ha cambiado y es otro.

Esa arruga o ese pelo ralo permanecen una línea,

un verso como la costumbre de vivir,

lejos de la Odisea, de la épica narrativa arcaica.

Si alguien clasificara las vidas cotidianas

de personas anónimas en categorías

podría romper la continuidad aparente

por sus estados de ánimo o sus consumos culturales:

las noticias, las mensajeras, los podcasts,

la velocidad calzada de viento de modas y consignas.

La vitalidad al uso es un no parar, no detenerse,

no meditar o respirar ante la belleza de un soplo

no desperdiciar esa vida insuflada o adquirida,

siempre menguante, siempre abierta y etérea.

–¿Por qué escribes? –, Te dirá el ciclista encadenado

a una rutina-cadena maquinal y ciertamente placentera.

–¿Por qué lees? –, Te dirá tu elaboración interior

ante el campo recién espigado agitado por la brisa.

Tras un año de vicisitudes olvidables y mecánicas,

recuerdo la colina a una milla del centro comercial

sobre la que me senté un día inusualmente festivo:

tristeza inicial, autoconsciencia, fusión natural,

un hueco en el tiempo y una fotografía que nada captó.

Vivir es solo una costumbre.

Poema 467: En las mañanas felices

En las mañanas felices

En las mañanas felices garabateo unas palabras

en un cuaderno de tapas negras

mientras me asomo a la ventana

para ver a mis hijos andar hacia el instituto.

Parecen días que se suceden sin fin,

terminarán como terminó la guardería y el colegio,

y la consciencia de otro tiempo caerá de golpe.

No todo es felicidad ni calma:

cada día hay centenas de luchas, domésticas, ideológicas,

algunas físicas y otras mentales,

búsquedas y estrategias, decisiones rápidas,

marejadas de fondo y lunas que asoman o se esconden.

Tras esas palabras a menudo repetitivas y vacías

leo uno o varios poemas;

esas lecturas abren ventanas mentales,

a veces me traen de vuelta a la escritura

o a notas que me servirán más adelante.

Es nuestro tiempo de padres en una alta meseta,

en la que a veces hay tormentas mezcladas con abrazos,

restricciones y normas que cuesta cumplir.

Se mezclan los libros por leer con la adolescencia,

reafirmación de personalidades incipientes,

imitaciones y modelos, palabras y una forma de contar

y de interpretar el mundo.

A veces una perturbación en el trampantojo

hace la realidad aún más hermosa en su estabilidad:

Bansky sigue pintando bajo la lona, anónimo y genial,

ajeno a las vicisitudes y los accidentes.

Caminan inmersos en sus problemas

esos que a veces rozan los de los adultos y siempre son otros.

Salir de sus pensamientos y esbozar una sonrisa es aún sencillo,

igual que los abrazos y las risas en familia.

Las rutinas de cada día ensanchan mi mundo,

incluso cuando recorto o minimizo mis tareas laborales.

La mañana se pierde ya en prisas,

en el tráfico de la ruta elegida

entre Sinfonía de la Mañana y Música a la Carta.

Permanece la imagen de los adolescentes caminando.