Poema 779: Velocidad vital

Velocidad vital

El balance semanal me asalta espontáneamente,

fotografías que se dirían consolidadas

son de apenas pocos días atrás.

El listado de asuntos resueltos es abrumador,

también mi lecto-escritura, y la belleza celeste,

conversaciones interesantes, miradas

el día fosco y gris en la cabecera del valle

del que hace ya una semana.

Hubo una muerte fugaz, palabras que quedaron flotando

en el verde que amarillea en los chopos de la ribera,

algún poema de flujo de conciencia,

caminar consolidando cambios de rutina.

El trabajo matemático con mis hijos es siempre valioso

y sobresale por encima de todas las flores raras

imaginadas o reales cuyo espectro y aroma embelesa

y contrapesa la hostilidad político-mediática.

El tiempo de los membrillos culminó en la cocina

después de un concierto fílmico increíble

en el que el miedo penetró por los pies hasta la médula.

Un librito irrumpió en el centro de mando y desordenó

los frágiles estantes de los conceptos poéticos.

La observación impresionista de los hitos semanales

establece conexiones inexistentes en mi mente activa

dibuja gráficas oscilantes afectivo-emocionales

y deja posos de diversas calidades en remotas circunvoluciones.

Poema 766: La belleza está por todas partes

La belleza está por todas partes

La belleza está por todas partes

y a veces duele cuando es inasible

o simplemente tu estado emocional

no te permite disfrutarla.

La luz, los caminos, el ocaso,

un vestido que ondea al viento,

la ropa tendida en la cuerda de un prado,

la conversación de la que surgen hilos,

el amarillo infinito de los campos de Castilla.

Otras veces es la velocidad vital

el impedimento básico, insoslayable,

la rareza de una tarde de lectura

o un paseo que no lleva a ningún lugar.

La revolución es coger una manzana de un árbol

como ya lo fue en la antigüedad bíblica,

salir del entrenamiento algorítmico un instante,

observar el vuelo alimenticio de un ave rapaz

o pedalear una mañana de otoño sin rumbo definido.

No es buena idea tratar de atraparla de golpe,

ni desdeñarla de forma autocompasiva

en una espiral oscura en la que nada es suficiente.

Tampoco es fiable acudir a las noticias deformantes,

o cebarse en las agendas públicas cacareadas

de intoxicación mediática notable.

El cariño con uno mismo es el camino

para acceder a la ciudadela de los pequeños placeres,

a la extracción de la parte proteica de la vida.

Poema 746: El vértigo de los días

El vértigo de los días

El vértigo de los días es prodigioso,

amaneces en un planeta y oscureces en otro,

el pensamiento dota de continuidad

a la suma independiente de puntos álgidos,

una narración vital, una reconversión ética,

todas las ponderaciones necesarias y suficientes

en la locura estadística de datos y alcances

del festín informático y electivo actual.

Alejados de la agenda los genocidios,

terremotos, incendios, las destrucciones creativas,

aparece el fútbol circense y mediático

en el que una decisión o la fortuna voltean el relato.

Cualquier generador puede pasar de un prompt

a un poema simbólico como este,

mas incapaz de extraer una sinopsis en cincuenta palabras

cuando aparecen determinados conceptos vetados.

Los días se han ampliado hasta la extenuación metafísica,

rutinas acopladas al borde superficial optimizado,

titulares a cuatro columnas tan efímeros como hirientes,

la mente evolutiva en constante ebullición erudita,

solo el olvido necesario e higiénico desbloquea la memoria,

permite la inclusión en tropel de nuevas imágenes,

experiencias inmersivas, fuegos fatuos animados,

la voracidad ávida de aprovechamiento tan humana.

Viajas a una velocidad trepidante, amplías cada instante

vaciando el peso específico de cada interacción,

seleccionando los ítems desencadenantes de emociones,

lo inesperado en su belleza intrínseca alegórica,

un todo elevado y avivado por notables afectos espontáneos.

Poema 734: Leer en tiempos del scroll

Leer en tiempos del scroll

Exultante tras poder leer quince páginas

de un libro que reposa en la mesa desde Navidad,

una atmósfera repetitiva y circular

con sutiles cambios en cada circunvolución.

Leer exige detenerse un instante y perseverar

olvidar esa velocidad vital de amplio espectro,

dejarse llevar por ruinas morales, miserias, esperanzas,

amalgamarse con los personajes o los lugares,

olvidar las consideraciones vitales sobre el uso del tiempo.

Comprar un libro es ahora un acto de velocidad

uno más en la rueda de vivir aceleradamente,

de transitar sin solución de continuidad

por hitos de alta intensidad visual o emocional.

El paseo nocturno por una ciudad de piedra

semivacía en vísperas de luna llena

es el culmen de una jornada pura maravilla,

belleza, cultura, diálogo, compañía espléndida,

una fecha que debiera ser un hito estético memorable.

La lectura dota de continuidad a esa suma de eventos,

desaforada a veces, como una huida hacia delante,

es capaz de crear un relato consistente,

un cuasi propósito impresionista en el paisaje vital.

El gran lujo del tiempo futuro será la inutilidad aparente

de dedicarle ese tiempo tan preciado al inmovilismo lector,

ese engaño transitorio de la mente que se cuela en espacios

ajenos a la tecnología y al ansia vital tan extendida.

El reposo lector conlleva meditación, recogimiento,

reflexión contemplativa de esa huida creativa

en este lapso extendido del tiempo siempre insuficiente.

Poema 723: No quise ni mirar

No quise ni mirar

Todos somos huéspedes de la vida,

vivir es solo una costumbre.

                                    Anna Ajmátova, en Bocetos de Komarovo

No quise ni mirar, pero la vi, mediada,

ya no era la insinuación lunar con forma de columpio.

El tiempo en el que picoteas imágenes

parece eterno en la indecisión,

instantes similares repetidos con leves variaciones,

hasta que un día el paradigma ha cambiado y es otro.

Esa arruga o ese pelo ralo permanecen una línea,

un verso como la costumbre de vivir,

lejos de la Odisea, de la épica narrativa arcaica.

Si alguien clasificara las vidas cotidianas

de personas anónimas en categorías

podría romper la continuidad aparente

por sus estados de ánimo o sus consumos culturales:

las noticias, las mensajeras, los podcasts,

la velocidad calzada de viento de modas y consignas.

La vitalidad al uso es un no parar, no detenerse,

no meditar o respirar ante la belleza de un soplo

no desperdiciar esa vida insuflada o adquirida,

siempre menguante, siempre abierta y etérea.

–¿Por qué escribes? –, Te dirá el ciclista encadenado

a una rutina-cadena maquinal y ciertamente placentera.

–¿Por qué lees? –, Te dirá tu elaboración interior

ante el campo recién espigado agitado por la brisa.

Tras un año de vicisitudes olvidables y mecánicas,

recuerdo la colina a una milla del centro comercial

sobre la que me senté un día inusualmente festivo:

tristeza inicial, autoconsciencia, fusión natural,

un hueco en el tiempo y una fotografía que nada captó.

Vivir es solo una costumbre.

Poema 679: El tiempo blanco

El tiempo blanco

Aislado y azul

amanece el invierno aséptico

voces en un coro presuntamente navideño

muchos tics de labores realizadas

el placer se escapa

en la multiplicidad veloz del aprovechamiento

lo pasado es una imagen fugaz

solo lo por venir habita el cerebro

The Nutcracker llegó donde no había máscaras

en una soledad armoniosa

con coro contemplativo y respetuoso

un espacio sonoro de abrazos fraternos

en un final propio del espíritu de adviento

los cielos engañan cual trampantojos

de anuncios níveos nunca concretados

palabras que engarzan reflexiones

hilos y pensamientos voraces

sostenido por ideas fijas eternas inmutables

de apariencia inmortal

sobrevuela el río con sus corrientes convectivas

aquella garza que azulea la piedra

junto al puente desmemoriado

llega el tiempo constreñido y taciturno

un azar hogareño lector y reflexivo

Poema 678: El tiempo del unicornio

El tiempo del unicornio

El tiempo del unicornio trae la lluvia

momentos de máxima alerta

un recordatorio de ardor guerrero

preocupaciones inútiles antes del sosiego.

Multitarea repartida sin piedad

en días enfebrecidos de Navidad latente,

capitalismo desatado, noticias tremendas

de abusadores machistas impunes.

Toda la atención enfocada en etéreas noticias

víctimas y consumidores del vértigo

de editoriales cargados de epítetos

de la prisa vital por alcanzar el absoluto.

La belleza del invierno que amanece

es gris, llena de niebla y de siluetas,

es un tiempo de imaginación y memoria,

reminiscencias de un pasado de laúdes

de cánticos desafinados en una cocina

en la que chisporroteaba la lumbre materna.

El tiempo vuela y la memoria se renueva

en aras de esa cierta resiliencia mítica

cuando las siluetas se difuminan

y uno explota de alegría efímera y exultante.

Poema 660: Melancolía otoñal

Melancolía otoñal

La luna se acuesta en una secuencia fotográfica

una maravilla, una impaciencia pese a su velocidad.

El signo de los tiempos es tecnológico, veloz,

mucho más que la velocidad de procesamiento

melancólico de las neuronas implicadas.

Las tardes aún largas, secas y calurosas

se oponen con fuerza a la languidez anímica,

a los pensamientos evolutivos fruto de la edad.

Alcanzas a ver ojos llorosos y decaimiento eventual

la vida por delante erizada de espinos y trampas,

también de una belleza sublime por averiguar.

Este otoño no traerá búsquedas micológicas

sino sequía y crujir de suelos castigados por el sol,

tal vez música y tal vez silencio y más silencio.

La autoestima cotiza en la bolsa local y universal

fluctúa siguiendo algoritmos recónditos,

conversaciones, deportes, acontecimientos.

Revives momentos estelares en fotografías antiguas,

agrandas la percepción de tu paso por el mundo,

viajes, confidencias, secretos de medio punto.

Termina el tiempo de introspección poética

por motivos laborales acumulados en montañas

de excelsa burocracia, de selección de contenidos,

más allá de los estados de ánimo o del marco otoñal

de este mes de octubre aún verde y ya decreciente.

Poema 599: ¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

El amanecer se ha disfrazado de luna llena

en el punto cardinal opuesto a la aurora.

Hipnotizado por el tamaño y el color

acodado en la ventana privilegiada

contemplo ese instante de hermosura efímera.

Aún consciente de la fugacidad de la escena

no tengo paciencia para la consumación.

Es el sino de los tiempos, apresuramiento,

prisa, fugacidad, ausencia de recogimiento.

La velocidad de la bicicleta no parece suficiente,

tampoco ese audio escuchado a velocidad normal,

el tiempo no se multiplica por subdividirlo en mónadas,

tampoco el disfrute profundo de la vida.

Ciertamente el encuadre de la escena callejera

es repentino: lugar, luz, circunstancia, presencia,

después el caos y la vulgaridad persistente

abierta en canal un instante para tu ansiosa mirada.

Leo cada día una suma intensa de titulares periodísticos,

la nada vacía y matemáticamente discreta

de unos fuegos artificiales remotos y ajenos

que se cuelan en las mentes desprevenidas

crean emociones básicas, arcaicas e insanas

en aras de la huida hacia adelante consumista.

¿Cuánto tiempo puedo dedicar a la luna?

¿Y cuánto tiempo a la lectura y a la cultura?

Poema 527: En el aire

En el aire

En el aire estuvieron las acrobacias,

llegaron a toda velocidad tras una tarde de lectura,

las cervicales, el esfuerzo por no tener gafas de cerca,

el orgullo de atravesar raudo la ciudad en bicicleta.

Pasan los acontecimientos apresurados,

con una leve percepción de la intensidad,

del momento tan especial que supone cada acto.

Me demoro en la escritura de algunos detalles,

un paseo soleado por el canal, una piña verde,

el final del curso sostenido durante varias semanas,

celebraciones, conciertos, lecturas, palabras,

un diálogo de vital importancia en una minúscula vida,

la nimiedad de la propia existencia.

El equilibrio de la mente, del peso de cada acontecimiento,

quitarte los asuntos de encima como piezas de un tetris,

encajar absurdos y huecos lo mejor posible

aquellos hechos sobrevenidos, veloces, imparables.

En el aire comprendes el riesgo, la habilidad extrema,

el peso psicológico de cuanto sujetas en tierra,

te esfuerzas por la estética y el ritmo y la música,

despejas todo lo accesorio, te encuentras a ti misma.

Entrevés las nubes extrañas en el cuasi solsticio,

te preparas para captar ese instante de belleza fotográfica,

e inmediatamente incorporarte a la corriente cotidiana:

cenas, logística, aprovisionamiento;

desearías estar en el círculo del arcaico sepulcro de corredor

apenas marcado ya con unas piedras,

visible desde el valle, olor a cereal y a tierra húmeda,

sentir la luz, la caída de la tarde, la noche, la soledad

e incluso el miedo atávico a cualquier alimaña.