Poema 728: Trances de baja intensidad

Trances de baja intensidad

Llueve profusamente, hoy no hay cielo,

no existen las variaciones de nubes y luz,

ha desaparecido el todo verde rural

y el gris ceniciento urbano se impone.

Los instantes de percepción de la belleza

llegan en soledad, penetran porosamente,

dibujan en mi interior imágenes superpuestas

del tiempo, de los afectos, de autoconocimiento.

El olor del cereal, de la naturaleza regada

coadyuva al trance de baja intensidad

que comenzó ayer en la apertura por música

y continúa hoy en la exposición abierta campestre.

Voy cercando y consumiendo acontecimientos,

desprecio posturas extremistas o elitistas

en aras de una cierta sencillez y apego a la tierra,

de la convivencia pacífica y respetuosa.

Existen portales que dan acceso a la fascinación:

un cuadro inesperado, la memoria de un instante,

la felicidad del sonido acompasado por un genio,

el olor de unas rosas asilvestradas casi olvidadas.

Uno no suele ser consciente de su propia felicidad

hasta que esta ha pasado y no hay retorno posible,

siempre, –pesados párpados–, oculta y marginada

por el peso excesivo del lastre contrastante.

Extraer del presente la parte nutricia y estimulante

es un aprendizaje vital sumado a unas circunstancias,

es agrandar el placer y encapsular el dolor, disfrutar

de los puntuales vivos colores de este impresionismo.

Poema 724: Líneas

Líneas

Dibujo una línea con mi presencia dinámica;

puede ser una almendra oval

visitando lavajos e hitos señalados en la infancia,

o puede ser el ángulo esquivo de tu jardín

en ida y retorno fulgurante e intenso.

El ave rapaz muestra su pecho amenazante

bello, desafiante, abierto a la cámara inocua,

traza círculos de visión mortífera

antes de un picado asombroso y nutricio.

La línea desciende desde la boca a las rodillas

en un pedaleo constante y doloroso,

pesa el viento, pesan los años, pesa la estática pose,

mientras el resto del cuerpo se funde en el aroma

del cereal mucho más avanzado y espigado.

Las decisiones sobre el trazado son improvisadas

como la vida misma: riesgo por el cielo borrascoso,

por el agotamiento y el barro traicionero

por las huellas cánidas y los aullidos lejanos.

El travelling finaliza con curiosidad incipiente,

con ideas de huertos y agua en un retiro teórico,

aquella cabaña del bosque tantas veces imaginada.

La línea poligonal se ha cerrado en una circunvalación

de dos horas y veintitantos kilómetros

en los que he deseado la continuidad imposible

de esa primavera en la meseta, apegado a la tierra.

Poema 720: El valle invadido

El valle invadido

Contemplo desde la tumba de los ancestros

el valle fértil y ondulado,

ayer lleno de amapolas, grillos, verde,

hoy sembrado de estructuras metálicas,

el negocio del sol y la electricidad.

Hace un cuarto de siglo comenzó la invasión,

recuerdo aquella mañana con zozobra:

urbanización en medio de la nada,

un campo de golf, un club social,

un polígono industrial casi vacío

visitado por aprendices de conductor

y por paseantes de perros en el crepúsculo.

Máquinas pesadas abren nuevos caminos,

conductos, edificios, zanjas inexistentes,

destellos en el mar del cereal.

Energía verde limitando el verdor de los sembrados,

ruido visual, el fin de la belleza campestre

y la llegada de inversores incógnitos

a quienes los Zumacales les importa un ápice.

El futuro colonizador ya ha llegado.

Poema 715: Ojos vivaces

Ojos vivaces

“Y siempre, a pesar de nuestros vivaces ojos, seguimos sin ver el misterio”

Gisèle Prassinos

El misterio está en la flor de primavera

en los campos tan verdes regados por un riachuelo,

en el viento racheado que ballestea el fresno.

La fotografía capta algunas maravillas,

escribe un verso en un encuadre perfecto,

transporta a centenares de kilómetros

algunas sensaciones muy personales,

mas no el estado de ánimo que viaja en la voz

ni el sonido del vendaval que no me dejó dormir.

El misterio de los conejitos que corretean entre los olivos

en esta sucesión de primaveras, veranos y otoños

lapsos de tiempo, retazos de vida, visitas puntuales

como las pinceladas intensas de un impresionista.

Sigo el sendero hacia el balneario que me indica el lugareño;

se estrecha casi hasta desaparecer entre zarzas y ortigas,

discurre en una diminuta senda entre vallados ancestrales

de cantos rodados aglutinados con argamasa calcárea.

Vestigios de un arco pastoril no lejos de la calzada romana,

miro y miro: mirada poética, mirada matemática,

no veo más allá de la belleza del encuadre,

no descifro el misterio impenetrable de lo que ven mis ojos.

Poema 659: El otoño del ciclista

El otoño del ciclista

Una suave llovizna impregna la tierra seca,

huele a petricor en un horizonte plúmbeo

sin apenas movimiento en el campo visual.

Pedaleo contra el viento, entre ocres y amarillos,

dejando que la llanura penetre en mí,

vacíe mi mente, consiga integrarme con el paisaje.

Mínimas mariposas blancas sorprendidas

alzan el vuelo desde los cardos resecos de la cuneta,

cruje el suelo, saltan las piedras,

respiro, olfateo, fotografío, me embeleso con todo.

Soy un ser mínimo entre viñas y girasoles renegridos,

rastrojos, lavajos vacíos de fondo seco y cuarteado,

un redil desierto y la inmensidad de un rayo de sol

que asoma en el confín del planeta.

La velocidad de contemplación ideal de la bicicleta

es ahora un ritmo meditativo,

una aproximación al trance alejándome del vértigo.

Vacío por fin la mente y el cuerpo suda con el esfuerzo

solo existe el camino en esta levedad otoñal.

Poema 524: Contrastes antropológicos

Contrastes antropológicos

Al caer la tarde el cereal exhala su perfume,

colma el espacio de un aroma de infancia

que invade la ciudad rodeada de campos de labor.

Salir en bicicleta al declinar el sol

es un embeleso de los sentidos,

el color, el aroma, la luz, el sonido calmo

de las espigas mecidas por el viento.

Allá donde la ciudad penetra en los cultivos

en los márgenes del asfalto invasivo,

desalmados, inútiles e ignorantes

sueltan sus miasmas con nocturnidad:

escombros, plásticos, residuos insoportables

para la vista educada en la sostenibilidad.

Todo el trabajo de décadas de educación

de la búsqueda ilimitada del bien común

se destruye en poco tiempo egoístamente,

en una regresión cívica, estética y pragmática.

Me invade una súbita cólera, enojo, abatimiento,

la fealdad del mundo en toda su amplitud,

el desprecio de los avances colectivos.

El optimismo antropológico cultivado

se enfrenta a la irracionalidad ignorante

de quienes desprecian el futuro colectivo.

Solo las amapolas atenúan la frustración

hiriente de un cierto pensamiento ilustrado.

Poema 517: La magia del campo

La magia del campo

Llueve, sale el sol, viento,

ni un alma en los caminos que llevaban a las eras

colonizadas por casas con persianas bajadas.

Huele a cebada espigándose, a flores en las cunetas,

limpios los campos, uniformizados

por el efecto de los selectivos herbicidas.

Se ondulan las colinas en esta perspectiva

sobre el valle ancestralmente habitado,

algunos árboles, caminos, divisiones humanas,

al fondo los elevados edificios de la ciudad.

Camino solitario en medio de la belleza,

de la luz de un sol que se filtra entre los pinos,

a escasos minutos de la música,

de la gran autopista exportadora de ruido infame.

Soy un punto minúsculo en el vasto espacio,

heredero de los domeñadores de la tierra,

en una tarde azarosa de primavera.

Poema 508: Bajo la lluvia

Bajo la lluvia

Mi padre cumple ochenta y tres años.

Hemos corrido bajo la lluvia

precioso paisaje de primavera feraz

acercándonos a un cementerio en medio del campo.

Luz opaca, neblina y cortinas de agua fría.

La voracidad humana hace competir a los más fuertes,

esos semidioses que soportan los meteoros.

Tal vez esta tarde abrirán un libro de poemas al sol

o tomaran un café, locuaces,

mientras disfrutan de la euforia de la mañana.

Barro, sudor, lluvia,

¿cuántas veces más podremos correr así?

Tenemos el privilegio de la ropa seca,

de la ducha caliente al llegar al hogar.

Una cigüeña, punta de flecha, Archaeopterix,

ameriza en una charca enorme en un campo verde,

la colza da un toque exótico de color intenso,

todo es bello en buena compañía.

Poema 504: Recuerdos, marzo, primavera

Recuerdos, marzo, primavera

Me asomo a la ventana y parece que fue ayer

cuando reinaba el silencio.

Ya no hay grúas en el horizonte cercano,

apenas se ve el campo tan ansiado entonces,

apenas queda un recuerdo agridulce.

Resuenan broncas políticas sobre comisiones,

sobre decisiones polémicas de gestión de la muerte,

un porcentaje pequeño de la vida,

un oasis en la voraz velocidad del mundo.

El olvido va dejando crecer su musgo en las grietas,

las flores son un trampantojo delicioso,

apenas quedan ya sensaciones de confinamiento.

Solo algunos paisajes descubiertos tras la salida,

en los que aspirábamos toda la naturaleza de golpe,

la feraz vegetación que siguió su curso natural,

la lluvia, el sol, el viento, fuerzas primigenias,

nos hicieron conscientes del concepto de reclusión.

Hoy el caminar es lo usual, mirar con intensidad

cuanta belleza nos rodea,

sentir el viento y la luz poderosa del sol en el rostro,

dejar flotar el vago recuerdo de aquella oscuridad.

Poema 484: Paisaje desde mi ventana

Paisaje desde mi ventana

Las últimas hojas de los plátanos se resisten a caer

ya no son doradas, ni amarillas, no brillan con el sol,

tienen un color cobre decadente y mate

a la espera de una nevada o del viento del norte

que las haga por fin parte del compost y de la tierra.

Esa es mi visión de cada día en un paisaje con continuidad,

el abeto infiltrado entre las ajadas copas platanáceas

está a punto de ser devorado como lo fueron los almendros;

la masa incalculable de hojas oculta las grúas redivivas,

aquellos edificios blancos de terrazas crecientes

hijos de la reclusión pandémica y de la fábrica alcoholera.

Lejana y oculta queda ya la silueta del centro comercial,

el punto geodésico que visite con mis hijos hace años,

esa pequeña visión agreste de libertad.

Paseantes con perros que buscan los parvos rayos de sol

completan la visión matinal surgida del frío y de la noche,

permiten que mi vista se expanda más allá del ladrillo

y de los periódicos semáforos reguladores del tráfico.