Poema 783: Fuego, cielo, fulgor, armonía, espera

Fuego, cielo, fulgor, armonía, espera

Las letanías propias de estos días de difuntos

se transmutan en explicaciones técnicas

sobre accidentes, gestiones, política extendida.

Como en el poema anterior, continúo escondido,

en los refugios poéticos, musicales, en el caminar

por una sinfonía majestuosa de la que fui ajeno.

La expectación era grande, música soviética

frente a los lapsos compositivos veraniegos

en un día de calma crítica y de tensa espera médica.

Se encendió la orquesta de las grandes sinfonías,

Midori encadenó agudos imposibles con su violín,

Guarnerius del Gesú, decía el programa de mano,

y sin embargo el cortafuegos de mi mente

siguió aislando la emoción intrínseca de la concordancia.

El fuego se había encendido en el paseo de la tarde,

surgía oculto por la ciudad en el parque palaciego:

pinos no tan antiguos como los cedros del Líbano

y una conversación enrocada en sí misma.

Una nube de desgarro en el espacio de salud,

rictus, temple y conformidad de la conciencia,

tensa espera y el deseo evasor de introducirme en un libro.

Poema 780: Caminar en la noche

Caminar en la noche

Caminar en la noche después de un día intenso,

horas de horizonte finito, de cuentas que no cuadran,

luces azules policiales en medio de la nada,

perseverar, perorar, un pie tras otro, siempre.

Caminar se opone teóricamente al sumidero

de conversaciones tangibles a media voz,

sinestésicas del mundo unidas por un imán,

hipótesis, los detalles más nimios de la intimidad

captados sutilmente en gestos prosódicos.

La suma de acciones se eleva exponencial

con resultados exultantes en el caminar penitente:

la claridad de esa luna que parecía llena,

anacoretas de la noche silenciosos y opacos,

un vehículo explosivo y fugaz en la recta

compitiendo con la estulticia de su auriga.

El caminante trata de restablecer conexiones

interrumpidas por su propia necedad,

silencio, una despedida amorosa en un portal,

los trampantojos ineludibles en tanta complejidad.

No existe un estado de ánimo definido

enredado en este lunes del membrillo

maraña laboral, amical, productora laboriosa de miel.

Los días plenos se transmutan en noches reflexivas

de paseos desnortados, vacilantes y solitarios,

un deambular sin rumbo por el puro placer caminante.

Poema 777: Comunidad ciclista

Comunidad ciclista

No había bicicletas en el horizonte,

las desaconsejó una amenaza de lluvia

probabilística, organizativa, disidente.

Las nubes descargaron temprano

creando escorrentías y barro en las botas

cuando el caminar se hizo indispensable.

Un embalse inesperado entre encinas centenarias

ocultó una recogida de nueces

entre saltos fotográficos de juguetones maduros.

Los ritos de un asado en el horno panadero

elevaron la gastronomía hasta umbrales excelsos

entre un silencio comunitario indescriptible.

La risa se combinaba con el hormigueo tenaz

que limpia, recoge, estructura y decide

en aras de una fluidez magnífica sobre el tiempo.

Hubo vino, risa franca, sensación de pertenencia

a una estructura dinámica superior

en la que las vivencias compartidas apegan y estañan.

El molino restaurado desprovisto de su piedra

mostraba su armazón ingeniera de conservación turística

antes de la aventura de la travesía de los rastrojos.

El ocaso con apariencia de aurora boreal castellana

–Rosario dixit en la distancia–

nos dejó instantáneas de gran hermosura.

La jornada concluyó en erudición inesperada

de múltiples aportaciones científico-ascéticas

en una escucha comunal espléndida y vinculante.

Poema 775: Caminar

Caminar

Caen los kilómetros en este octubre cálido

como caen los días estériles,

más allá de una luna ínfima y descolgada

o de la risa breve de un chiste inteligente.

La política doméstica silencia genocidios,

evita debates sobre los límites algorítmicos,

ocupa espacios mentales del caminante

enfrentando ideas sobre la desigualdad social.

Caminar deprisa calienta los músculos,

acelera el flujo sanguíneo y la velocidad mental,

despeja dudas corrosivas o existencialistas

en el puro placer de la soledad observadora.

Competir por el número de pasos diarios

es un aliciente inesperado, un combustible sutil,

el cálculo abstruso de unos cien pasos por minuto,

la huella visual que dejas en otros caminantes.

Sin demasiado esfuerzo reaparecen imágenes mentales

de los días ya lejanos del confinamiento COVID,

escaleras arriba y abajo, paseos por habitaciones,

el control vecinal acusador ante cualquier evasión.

–Será al menos una contienda sana –,

recitan las conciencias amalgamadas al hogar

admiradas del fulgor adolescente del deambular.

Humor, risa, admiración mutua en las hipérboles

los juegos numéricos y los cálculos semanales

en un juego inocente de diversión amistosa

capaz de incentivar hábitos salutíferos e inocuos.

Poema 762: Los kilómetros se encogen

Los kilómetros se encogen

En el camino la belleza está presente y ausente,

se suceden las instantáneas de forma voraz

inasequibles y simultaneas a la conversación.

Nubes de ideas alejan la imagen de los aerostatos

suspendidos en la atmósfera fresca del amanecer,

cada preocupación íntima por fin atendida con paciencia.

–La enfermedad hace menguar el tiempo–,

escuchas al amigo en aras de reordenar su vida,

mientras asumes que así es y será en el futuro.

Los kilómetros se encogen convenientemente,

se difuminan en las nubes de entelequias y preocupaciones,

amalgaman la escucha activa y los enlaces amicales.

La narración de unas vacaciones imprevistas

sigue ocultando el paisaje de agua, verdor y luz;

los demás caminantes se convierten en bultos inexistentes.

En el caminar solitario observas, atisbas, analizas,

buscas puntos de fuga y sonríes ante las sombras en el agua.

En algunos instantes recuperas la consciencia del lugar,

mientras la cabeza sigue bullendo de historias hiladas

y los cuerpos avisan de la distancia recorrida.

–Esto parece una selva–, dice tu amigo ante el selfie,

en la senda que tantas veces se llena de barro en invierno.

Las casas abandonadas y tapiadas de los custodios del canal

me hacen pensar en viviendas neolíticas de puerta cenital.

Finalmente, los pasos van cayendo irremisiblemente

en una burbuja del tiempo, soslayando la inactividad

y reforzando vínculos y lazos de amistad profunda.

Poema 754: El día del eclipse

El día del eclipse

La presión social y mediática

se coló esa noche en mis sueños

antes de un amanecer caminante.

Al alba recorrí la ruta consabida

hasta las pozas altas:

vía verde, puente del ferrocarril,

huertas y villas río arriba,

el albergue juvenil y la piscifactoría,

el embalse y la casa de Marinejo.

Me bañé desnudo en el agua helada

y bajé al pueblo a desayunar churros.

Comimos en casa de mis padres,

un vergel pese a las tomateras resecas

y un cerezo vacío de signos vitales.

La histórica villa castellana

miraba ya a media tarde hacia el sol:

decenas de vehículos apostados en la Campa,

filtros y telescopios preparándose

y mantas tendidas en el secarral

repletas de familias con ansia de oscuridad.

La luna parecía engullir el sol morosamente,

bullicio, expectación, alboroto,

antes de que el silencio ocultase al astro.

Unos segundos, cinco fotografías, oscuridad.

Aplausos espontáneos en el regreso luminiscente

y la sensación confusa de tanta belleza efímera.

El ocaso del sol mordido fue monumental.

Poema 752: La mañana del caminante

La mañana del caminante

Indescriptible el olor en la mañana del caminante,

riachuelos, albahaca, verdes prados,

el Romañazo donde pastan las vacas,

la senda estrecha del Otoño Mágico.

–Se quemó el pinar–, dijo Beni,

–el fuego es un espectáculo, para mal–.

Domina la calima en las alturas,

oculta levemente el negro tizne del fuego,

y sin embargo en el valle crecen zarzamoras,

corretea el agua cristalina y pían los pájaros.

Varios robles interiores sombrean las ruinas

de una posada o estación de abastecimiento

en la antigua línea del ferrocarril ya vía verde.

El premio del caminante es un baño primigenio,

en el agua helada que se remansa un instante

para luego seguir cantarina su curso en cascadas.

En el descenso se aprecian las ruinas de chozos,

refugios centenarios que conservan el dintel

invadidos por vegetación salvaje e hiriente.

Las sendas discurren entre vallados seculares

y prados llenos de olivos bien cargados

antes de cruzar el mítico puente de la fuente chiquita.

La civilización transaccionará un café con porras

como final apoteósico de la mañana del caminante.

Poema 613: Mapas

Mapas

Desvistes una vez tras otra la realidad que tus sentidos detectan

cual murciélago que emite sonidos y recibe respuestas.

Construyes un mapa mental que das por bueno,

por veraz y por perfecto, aunque solo es tu mapa mental.

Puedes ser un maestro del puntillismo o del cubismo,

esmerarte mucho, entrenarte en perfeccionar los detalles.

Sólo tú posees tu mapa.

Tratas de aproximarte, –casi siempre inútilmente–,

a quienes crees que elaboran mapas e imágenes parecidos a los tuyos.

Cuando consigues un pretendido acercamiento

se produce comunión y gran alborozo.

Aprendes a mostrar solo la punta del iceberg de tu concepción holística,

construida con retazos de percepciones, de estudios, de lógica, de erudición,

del caminar errante aquí y allá.

Te cuesta mucho imaginar los mapas ajenos.

Cuando consigues conectar las fronteras de ideas ajenas periféricas

obtienes tu atlas del mundo.

Necesitas un salto dimensional o un agujero de gusano

para poder alcanzar a vislumbrar otros mundos.

Poema 550: Vivir aquí

Vivir aquí

Caminar por el playón algunos días,

traspasar la muralla de las rocas apiñadas

–podría entrenarme a caminar sobre ellas–

acceder a las calas desiertas, nunca del todo vacías,

depositar la ropa y mis zapatillas nuevas de montaña

a resguardo de las olas, sobre una roca

quizás de las que se desprendieron antaño

en el ascenso, –trípode con polea y acero–,

de mercancía contrabandista.

Fusionarme con el mar, integrar mi cuerpo

con el movimiento suave o violento de las olas,

tumbarme boca arriba y flotar.

Salir del agua sin consciencia del tiempo,

de la hora, de que nadie me espere,

secarme al sol, caminar desnudo como caminaron

casi todos mis antepasados,

pensar en ellos, en el ocio de que no dispusieron

como dispongo yo ahora.

Poema 504: Recuerdos, marzo, primavera

Recuerdos, marzo, primavera

Me asomo a la ventana y parece que fue ayer

cuando reinaba el silencio.

Ya no hay grúas en el horizonte cercano,

apenas se ve el campo tan ansiado entonces,

apenas queda un recuerdo agridulce.

Resuenan broncas políticas sobre comisiones,

sobre decisiones polémicas de gestión de la muerte,

un porcentaje pequeño de la vida,

un oasis en la voraz velocidad del mundo.

El olvido va dejando crecer su musgo en las grietas,

las flores son un trampantojo delicioso,

apenas quedan ya sensaciones de confinamiento.

Solo algunos paisajes descubiertos tras la salida,

en los que aspirábamos toda la naturaleza de golpe,

la feraz vegetación que siguió su curso natural,

la lluvia, el sol, el viento, fuerzas primigenias,

nos hicieron conscientes del concepto de reclusión.

Hoy el caminar es lo usual, mirar con intensidad

cuanta belleza nos rodea,

sentir el viento y la luz poderosa del sol en el rostro,

dejar flotar el vago recuerdo de aquella oscuridad.