Poema 289: Debería pasar cada mañana por aquí

Debería pasar cada mañana por aquí

El paseo sobre el río no defrauda nunca,

patos que dejan su estela angular en el agua,

alguna garza sobre las ramas que sobresalen

de árboles muertos y sumergidos,

el color cambiante de la superficie y los verdes ribereños,

la estampa del pueblo centenario asomado al cauce.

Puede que algún viandante te devuelva el saludo

tras pasar la frontera de los acerolos;

puede que observes un corzo despistado

en una lengua de vegetación adosada a la corriente.

El cielo es un reflejo azul de nubes de algodón,

quizás no me dirija a ningún sitio,

solo me detenga a escuchar las campanas de la iglesia,

el toque a muerto en la mañana.

El camino me lleva a la biblioteca,

a un paisaje simple de líneas básicas

dibujado en la pared en tonos pastel,

a la plaza del pincho de tortilla.

Una vez hice de esta ruta un paseo geométrico,

una ruta matemática en la que medir y contemplar,

una reflexión sobre el modo de mirar las cosas simples.

Cada mañana debería pasar por aquí,

es una referencia estética y una forma de contemplar

el mundo que te rodea,

de oler el despertar de la vegetación,

de henchir tus pulmones para afrontar las vicisitudes diarias.

Poema 286: Canto del caminar

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A media luz, tras el ritual del despertar,

atraviesas un pueblo ajetreado en sus huertos,

lindo caminar sin otra intención que el placer

sensorial encerrado en tu caja craneal.

 

Ahí sumas experiencia, intuición, imaginación,

la vida que pasa por delante cada año,

miedo a extraños ruidos del amanecer,

la locura o el olvido que pueden acaecer.

 

Se afana el agricultor en abrir la trampilla

del riego por inundación, ingeniería del surco,

voracidad de la invasión acuática

murmullo de las acequias llenas de vida.

 

Asciendes por pistas y sendas tan diferentes

de las que has conocido en tu  niñez,

de los caminos que hollaron tus antepasados

en la meseta horadada por cuencas fluviales.

 

Te sorprenden las formas abigarradas de los árboles,

la piedra de aspecto fálico que parece coronar el valle,

la luz solar que va abriéndose paso por las gargantas

y torna dorada la penumbra y la oscura masa vegetal.

 

Tus piernas son tu conexión con la naturaleza,

ellas te permiten ver aquello que poca gente ve,

subir y calcular y volver, son tu medio de transporte,

la forma de huir si te acechan varios perros salvajes.

 

Por allí hay un canchal, aquí un manantial, allá

una torrentera que ahora baja seca y descarnada,

un pilón lleno de agua te muestra el ganado que no ves,

huellas, boñigas, silbos, cencerros, el todo habitado.

 

Decides regresar sin acercarte siquiera a las cumbres,

deben seguir siendo inaccesibles para ti,

son la ilusión por cumplir, el proyecto de tu madurez,

la medida creciente de esperanza y futuro.

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Poema 180: Vida natural

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El agua corre, salta, brinca, sortea rocas

grita de júbilo ante su libertad

en un descenso vertiginoso

por gargantas de enormes piedras.

 

El sonido del agua es una bendición

para el oído estresado por el tráfico

o por una jauría de centenares de adolescentes

desbocados a la hora del recreo.

 

Grillos y cigarras compiten contra el silencio,

a veces una corriente de viento susurrante

se cuela por los cañones horadados

por el agua durante milenios.

 

Desnudo, tumbado en la roca,

mi cuerpo absorbe el calor del día,

el oído capta todos los matices del agua

y la vista se relaja en las hojas móviles del castaño.

 

Cada hora pasada en la naturaleza

es un regalo y un privilegio,

el recuerdo ancestral almacenado en los genes,

un gozo para todos los sentidos.

 

Las huellas de uno o varios lobos,

en la umbría de la Pista Heidi

descarga mi adrenalina y tensa mis músculos,

aguzo vista y oído mientras sigo caminando.

 

Hay moscas, arrancamoños, zarzas,

parásitos escondidos en los helechos

que flanquean el camino centenario

entre vallados de prados escalonados en terrazas.

 

La fuerza de tu espíritu se pone a prueba

con el calor sofocante, los pinchazos, el sudor,

las ortigas que inoculan su veneno en tu piel,

y los múltiples obstáculos que esconde cada senda.

 

Minimizas todos esos inconvenientes

o los sopesas con la luz cambiante e indescriptible,

la fragancia aromática de las riberas del río

o la sensación atávica de libertad.

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Poema 179: Desnudo

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Sale el sol entre las crestas del Pinajarro,

camino aún medio dormido

entre el olor de las huertas que despiertan.

 

La piedra Rosetta está rodeada de turistas,

es un símbolo que nada dice al no iniciado,

como si poseyera un poder mágico al tocarla.

 

Asciendo por un paisaje que podría enumerar dormido,

albergue, piscifactoría, presa, casa de Marinejo,

casa de la luz, treinta y tres revueltas,

el canal siempre lleno de moscas y un paisaje inabarcable.

 

La cabeza de Ramsés Segundo, majestuosa

preside una sala llena de tesoros egipcios,

la multitud tiraría de las vendas de cada momia,

querría saber qué hay debajo, destruyendo el objeto

de tres milenios de antigüedad.

 

Los ojos avizores desentrañan riadas,

un nuevo puente de madera,

la vegetación recién segada junto al canal vacío;

asciendo el tramo final para encontrar la Chorrera

carismático salto de agua de quince metros de altura

tal y como corresponde a un año lluvioso.

 

El Moais de la isla de Pascua impone por su tamaño,

¿Cuál era el misterio que albergaba esa estatua?

¿Cuánto poder otorgaba a su constructor?

Las formas sencillas de la piedra conmueven a la masa.

 

Desnudo me baño en la charca helada de la montaña,

mi cuerpo ya no es joven en la encrucijada vital,

sopla una brisa cálida que asciende por el cañón,

seca la piel y la ropa;

sentado en la postura del loto, mi vista se maravilla.

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Poema 128: Caminante

Caminante

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Huyes de la ciudad a un pueblo lleno de gente,

paseo, luz, calor, ruidos de aglomeración;

buscas caminar por la montaña,

sigues el curso del río,

piedras, sonido continuo,

algunas cascadas minúsculas anuncian sequía.

 

El ruido del agua te serena,

tomas asiento en una piedra conocida,

revisas tu vida, tus pasos, tu alienación,

la nube penosa que a veces te envuelve

y te hace llover con dolor, con resignación.

 

En el bosque hay un túnel arbóreo que alberga el sendero,

lo sigues, siempre piensas quién lo habrá abierto,

cuántos años lleva en uso ininterrumpido,

qué vidas fenecidas transitaron por allí.

 

De la gran Chorrera no cae tanta agua,

aun así es un espectáculo precioso,

frío, verde y azul y blanco;

un año más has llegado, como cientos,

quizás miles de turistas que lo hacen cada verano.

 

Dan ganas de desnudarse y sumergirse en la poza,

horadada con paciencia hora a hora, día a día;

meditas allí sentado y por tu imaginación

cruzan destellos brillantes de cumbres olvidadas,

secretos que has olvidado para siempre.

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Poema 92: Extravío

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Corre el agua por las regueras de la montaña,

unos hortelanos se afanan con sus azadas,

respiras hondo la humedad cargada de olor

a la tierra, al aroma que ofrecen las plantas.


Caminas con tu palo de contera de acero,

imperturbable, todo lo observas:

el cauce cantarín del río subalterno,

las huellas del ganado en el centro del camino.


Una voz, un grito lejano, aguzas el oído,

calma, el aire prístino tras la lluvia

es un excelente conductor, recuerdas

el pitido de un tren en tus años de infancia.


Te acercas al lugar mágico del cruce de cañadas,

asciendes entre zarzas y espinos,

noventa varas reducidas a una senda retorcida,

buscas la piedra, el ara de las vistas mágicas.


El valle se abre hasta el pantano neuroniforme,

verde y azul partidos por la cremallera

de la autovía de la Plata; ¿Cuántos pastores

dominaron desde aquí el amanecer?


Al descender escuchas de nuevo la llamada:

Filo, Tilo, Milo, piensas en un perrillo extraviado;

el golpe seco en el prado de al lado

te distrae un instante del perro perdido.


Dos machos cabríos chocan su cornamenta

una y otra vez, agachan la testuz, embisten;

es un espectáculo digno de un documental

somnífero, de sobremesa en la dos.


Al fin el dueño del grito me alcanza:

-¿has visto un perrillo blanco chiquinino?-

lleva horas buscándolo, al grito, al silbo,

mas no debe haber venido por este camino.


Lo sigues, camina a paso rápido y eficaz;

adaptas tu ritmo al suyo. Preocupado,

desilusionado vuelve a casa,

baraja todo tipo de infortunios para el can.


-Papá, Milo ha vuelto, él solito-

el padre endereza su cuerpo, quizás sonríe,

el niño de ocho años lo abraza,

franquean juntos la verja de su casa.

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