
Balance, intensidad y final
Las fotografías permiten la escritura continua,
el florecer los recuerdos vívidos,
casi la luz y el olor y el estado de ánimo.
Escribir y describir sensaciones y situaciones
resulta imposible unos días después
cuando ya solo quedan impresiones y nubes.
En la recolocación mental hay olvidos
y momentos sobresalientes y memorables,
instantes de permanencia evocables
y tiempos soslayables de resiliencia.
Paisajes, puestas de sol, conversaciones,
esfuerzo físico, soledad deseada,
la piel erizada en momentos insospechados,
el Mundial de fútbol y sus asociaciones,
mucha comunicación, algún horror,
fuegos, enfermedad, desánimo y elevación.
El eclipse fue un punto de inflexión de la emoción:
aún quedaban montañas y festejos imprevistos,
una marcha poniente en bicicleta,
y días previos a la fiesta, siempre increíbles.
El descenso también fue térmico y lluvioso,
y sumó energía cuando la caída parecía libre:
gritos privados en una estabilización armónica,
y un descanso de las vacaciones inevitable.
Recuerdos de la tremenda ola de calor,
de las noches sudorosas y los días de agua,
de marchas por valles alpinos y montañas enormes,
de los restos de incendios espeluznantes
y de reencuentros gloriosos e inexplicables.
Un verano más de ese número finito de veranos
en el que la luz y la diversidad jugaron sus cartas,
y la vitalidad acomodada brilló cada día
en este juego de espejos de la conformidad humana.
