Poema 758: Balance, intensidad y final

Balance, intensidad y final

Las fotografías permiten la escritura continua,

el florecer los recuerdos vívidos,

casi la luz y el olor y el estado de ánimo.

Escribir y describir sensaciones y situaciones

resulta imposible unos días después

cuando ya solo quedan impresiones y nubes.

En la recolocación mental hay olvidos

y momentos sobresalientes y memorables,

instantes de permanencia evocables

y tiempos soslayables de resiliencia.

Paisajes, puestas de sol, conversaciones,

esfuerzo físico, soledad deseada,

la piel erizada en momentos insospechados,

el Mundial de fútbol y sus asociaciones,

mucha comunicación, algún horror,

fuegos, enfermedad, desánimo y elevación.

El eclipse fue un punto de inflexión de la emoción:

aún quedaban montañas y festejos imprevistos,

una marcha poniente en bicicleta,

y días previos a la fiesta, siempre increíbles.

El descenso también fue térmico y lluvioso,

y sumó energía cuando la caída parecía libre:

gritos privados en una estabilización armónica,

y un descanso de las vacaciones inevitable.

Recuerdos de la tremenda ola de calor,

de las noches sudorosas y los días de agua,

de marchas por valles alpinos y montañas enormes,

de los restos de incendios espeluznantes

y de reencuentros gloriosos e inexplicables.

Un verano más de ese número finito de veranos

en el que la luz y la diversidad jugaron sus cartas,

y la vitalidad acomodada brilló cada día

en este juego de espejos de la conformidad humana.

Poema 754: El día del eclipse

El día del eclipse

La presión social y mediática

se coló esa noche en mis sueños

antes de un amanecer caminante.

Al alba recorrí la ruta consabida

hasta las pozas altas:

vía verde, puente del ferrocarril,

huertas y villas río arriba,

el albergue juvenil y la piscifactoría,

el embalse y la casa de Marinejo.

Me bañé desnudo en el agua helada

y bajé al pueblo a desayunar churros.

Comimos en casa de mis padres,

un vergel pese a las tomateras resecas

y un cerezo vacío de signos vitales.

La histórica villa castellana

miraba ya a media tarde hacia el sol:

decenas de vehículos apostados en la Campa,

filtros y telescopios preparándose

y mantas tendidas en el secarral

repletas de familias con ansia de oscuridad.

La luna parecía engullir el sol morosamente,

bullicio, expectación, alboroto,

antes de que el silencio ocultase al astro.

Unos segundos, cinco fotografías, oscuridad.

Aplausos espontáneos en el regreso luminiscente

y la sensación confusa de tanta belleza efímera.

El ocaso del sol mordido fue monumental.

Poema 750: Hiperconexión

Hiperconexión

Fluye la masa como lava salvaje

en puertos o aeropuertos,

alcanzar lo alcanzado en la hiperrealidad,

visión de futuro, ya pasado.

Esa emoción primaria del recuerdo

botas con tacos y un césped mudo,

antes de toda la parafernalia mundialista.

Las hormigas colonizan el lugar mágico

antes del eclipse mediático

de obligada observación.

Lagunas mentales en la no lectura,

estimulados por algoritmos

penetrantes e inútiles.

El nivel del ignorante crece en ignorancia

el del estulto en estulticia

para maravilla del espectador dopado.

Islas y oasis escasos y cotizados

en tiempo y localización espacial

de un glaciar que desaparece

arrastrado por el agua tecnologizada.

Problemas resueltos sin verificación

allá donde la estadística se la juega

cuánticamente.

El verano suma una integridad,

apuntes varios de felicidad social

un tiempo de luz añorado

en la oblicuidad de los rayos estelares.

Con plena consciencia ascendemos

hacia el privilegio de cada día.

Poema 611: Eclipse

Eclipse

No había previsto el acontecimiento,

pedaleaba despistado saliendo de la ciudad.

En un semáforo me detuve a mirar el móvil:

a las once treinta uno la científica whatsapeó:

–…estoy viendo el eclipse, ya ha comenzado…–

Me senté en un banco sabiendo que no podía mirar;

nubes, el filtro magnífico, –y fugaz–.

La primera fotografía fue una maravilla;

corrían veloces las nubes, había que esperar.

Coloqué una serie de cuatro instantáneas en Instagram

con música de Jesucrista Superstar.

La científica recomendaba una radiografía o un filtro específico,

también habló de una piedra de obsidiana azteca.

Hubo una discusión en el grupo sobre si el vidrio volcánico

era o no apto para proteger la retina, del hijo de Tea e Hiperión.

Declinaba el eclipse, –una luna que mordiera al sol–,

un mínimo pedacito visible en estas latitudes.

Solo los colores filtrados por el sol en las nubes atmosféricas

denotaban el abandono astral, la luz inusual,

un coro de pájaros revueltos, la expectación mundial

y el ínfimo poder del ser más poderoso de la humanidad.

Poema 33: El eclipse verde

                El eclipse verdeIMG_20150320_095146

El eclipse verde nos miraba hambriento,

pavor solar ante el apetito desmesurado

de la luna, hordas de miradas, temor

genético a la luz filtrada, a la oscuridad diurna.


Clichés, lugares comunes, un perro que aúlla

en la luz menguante, miedo de las criaturas,

atmósfera y gravedad perturbadas, dolor

premonitorio de cabeza, sensor orbis terrae.


Uno contempla el eclipse en verde, sintiéndose

afortunado y mínimo; ancla sus ojos a esa luz

rebosante y mortecina, luz fugada, luz de sombras

lunares, epíteto complejo de órbitas entrelazadas.


En la mirada sorprendida de un niño,

la luz es una excusa de un dibujo animado,

demasiado lento en su avance, excitación

ante la imposibilidad adulta de una explicación.


Imaginación libre, de predicadores harapientos,

capuchas protectoras de tela áspera,

hambruna y fin del mundo, un ágape

espiritual, dominio y prédica del bardo ciego.


En las cuencas vacías de los ojos se acumula

el miedo cerval, la sucesión de injusticias

terrenales, el hábito y el báculo otorgan

poderes taumatúrgicos a la palabra volandera.


El eclipse derrota a la forma perfecta,

el círculo sin aristas vencido por la masa

ochenta y una veces menor, asombro

en ojos diminutos, alegría del astrónomo.


El juez solar no permanece impasible,

se deja anular un instante para recobrar

su cetro, su color, su señorío sobre las formas,

ya sombras de insignificancia humana.


La luz verde imposible de fotografiar,

me acompaña hoy en mi penitencia insomne

alejado del oro infinito, de voces poéticas,

pegado a la sustancia lujuriosa de la tierra.

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