Poema 754: El día del eclipse

El día del eclipse

La presión social y mediática

se coló esa noche en mis sueños

antes de un amanecer caminante.

Al alba recorrí la ruta consabida

hasta las pozas altas:

vía verde, puente del ferrocarril,

huertas y villas río arriba,

el albergue juvenil y la piscifactoría,

el embalse y la casa de Marinejo.

Me bañé desnudo en el agua helada

y bajé al pueblo a desayunar churros.

Comimos en casa de mis padres,

un vergel pese a las tomateras resecas

y un cerezo vacío de signos vitales.

La histórica villa castellana

miraba ya a media tarde hacia el sol:

decenas de vehículos apostados en la Campa,

filtros y telescopios preparándose

y mantas tendidas en el secarral

repletas de familias con ansia de oscuridad.

La luna parecía engullir el sol morosamente,

bullicio, expectación, alboroto,

antes de que el silencio ocultase al astro.

Unos segundos, cinco fotografías, oscuridad.

Aplausos espontáneos en el regreso luminiscente

y la sensación confusa de tanta belleza efímera.

El ocaso del sol mordido fue monumental.

Poema 334: Oda al río Trabancos

Oda al río Trabancos

En este lecho seco y arenoso hubo un río:

en sus orillas cantaba el agua,

croaban las ranas mimetizadas en los juncos,

a las ventas de la orilla llegaba el frescor de sus aguas.

Debatimos brevemente sobre los meandros,

la roca del suelo,

el ganado que pastaba en la vega,

nos fotografiamos junto al pino enorme y solitario

testigo mudo de un siglo de decadencia.

Ya no hay caudal, solo crecidas cada dos lustros,

apenas algunos chopos delimitan el cauce,

las fuentes se han desviado a los cultivos,

no hay frescor ni la vida del agua.

Las construcciones junto al río, posadas, molinos,

cambios de postas,

son hoy ruinas auténticas de barro y ladrillo

de las que son testigos mudos las rejas en las ventanas.

Los caminos del valle fluvial son de arena blanca,

el paisaje muda con el cambio de provincia:

dehesas de encinas en las que pasta el cerdo ibérico;

el camino se retuerce y se llena de hermosura.

Imaginamos lo que pudo ser aquello hace un siglo,

una maravilla de visión, torres erguidas

en todos los puntos cardinales,

acémilas para llevar el vino y el cereal,

tratantes de pieles y ganado,

un correo que vadea el río a toda velocidad.

La mañana termina con un buen almuerzo

en una tasca con solera bien surtida,

antes de enfrentarnos al viento de cara

y a los avisos de hormigas laboriosas

atravesando con premura el camino.