Los kilómetros se encogen

En el camino la belleza está presente y ausente,

se suceden las instantáneas de forma voraz

inasequibles y simultaneas a la conversación.

Nubes de ideas alejan la imagen de los aerostatos

suspendidos en la atmósfera fresca del amanecer,

cada preocupación íntima por fin atendida con paciencia.

La enfermedad hace menguar el tiempo–,

escuchas al amigo en aras de reordenar su vida,

mientras asumes que así es y será en el futuro.

Los kilómetros se encogen convenientemente,

se difuminan en las nubes de entelequias y preocupaciones,

amalgaman la escucha activa y los enlaces amicales.

La narración de unas vacaciones imprevistas

sigue ocultando el paisaje de agua, verdor y luz;

los demás caminantes se convierten en bultos inexistentes.

En el caminar solitario observas, atisbas, analizas,

buscas puntos de fuga y sonríes ante las sombras en el agua.

En algunos instantes recuperas la consciencia del lugar,

mientras la cabeza sigue bullendo de historias hiladas

y los cuerpos avisan de la distancia recorrida.

Esto parece una selva–, dice tu amigo ante el selfie,

en la senda que tantas veces se llena de barro en invierno.

Las casas abandonadas y tapiadas de los custodios del canal

me hacen pensar en viviendas neolíticas de puerta cenital.

Finalmente, los pasos van cayendo irremisiblemente

en una burbuja del tiempo, soslayando la inactividad

y reforzando vínculos y lazos de amistad profunda.

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