
Desapacibilidad de ambiente
Cuando agosto se torna desapacible
después de un verano de calor inmenso
de cuerpos adaptándose a ritmos y horarios
el ánimo se encoge y disuelve en la oscuridad.
El polvo de los caminos anuncia la lluvia
el frío, el viento y el refugio en habitáculos,
el final de la luz intensa y el sudor.
Los equilibrios tejidos durante meses
se tambalean y agitan cual ramas arbóreas,
se flexibilizan y sueltan lastre para no romperse.
El cómputo de daños y las pequeñas reparaciones
llegarán cuando decrezca la tempestad:
una vasija, una amistad, ramas colaterales
algunas heridas mentales propias de la edad.
Penetra la reja en la tierra aún reseca
y la prepara para el agua siempre regeneradora
levantando una nube inmensa de polvo,
ese que nos oculta e invisibiliza proverbialmente
antes de hallar nuevos caminos neuronales.
Nadie está a salvo de sus propias miserias,
a las que llegó por circunstancias ya olvidadas
y en las que permanece con la energía disponible.
No volverán los días del eclipse de cielos azules,
de esperanzas intactas y alegrías en el horizonte,
todo habrá mudado inevitablemente
equilibrando las órbitas con pesos plomizos.
