
La mañana del caminante
Indescriptible el olor en la mañana del caminante,
riachuelos, albahaca, verdes prados,
el Romañazo donde pastan las vacas,
la senda estrecha del Otoño Mágico.
–Se quemó el pinar–, dijo Beni,
–el fuego es un espectáculo, para mal–.
Domina la calima en las alturas,
oculta levemente el negro tizne del fuego,
y sin embargo en el valle crecen zarzamoras,
corretea el agua cristalina y pían los pájaros.
Varios robles interiores sombrean las ruinas
de una posada o estación de abastecimiento
en la antigua línea del ferrocarril ya vía verde.
El premio del caminante es un baño primigenio,
en el agua helada que se remansa un instante
para luego seguir cantarina su curso en cascadas.
En el descenso se aprecian las ruinas de chozos,
refugios centenarios que conservan el dintel
invadidos por vegetación salvaje e hiriente.
Las sendas discurren entre vallados seculares
y prados llenos de olivos bien cargados
antes de cruzar el mítico puente de la fuente chiquita.
La civilización transaccionará un café con porras
como final apoteósico de la mañana del caminante.
