Poema 752: La mañana del caminante

La mañana del caminante

Indescriptible el olor en la mañana del caminante,

riachuelos, albahaca, verdes prados,

el Romañazo donde pastan las vacas,

la senda estrecha del Otoño Mágico.

–Se quemó el pinar–, dijo Beni,

–el fuego es un espectáculo, para mal–.

Domina la calima en las alturas,

oculta levemente el negro tizne del fuego,

y sin embargo en el valle crecen zarzamoras,

corretea el agua cristalina y pían los pájaros.

Varios robles interiores sombrean las ruinas

de una posada o estación de abastecimiento

en la antigua línea del ferrocarril ya vía verde.

El premio del caminante es un baño primigenio,

en el agua helada que se remansa un instante

para luego seguir cantarina su curso en cascadas.

En el descenso se aprecian las ruinas de chozos,

refugios centenarios que conservan el dintel

invadidos por vegetación salvaje e hiriente.

Las sendas discurren entre vallados seculares

y prados llenos de olivos bien cargados

antes de cruzar el mítico puente de la fuente chiquita.

La civilización transaccionará un café con porras

como final apoteósico de la mañana del caminante.

Poema 227: Montañas mágicas

Montañas mágicasIMG_20190808_131952

Camino entre castaños y moscas,

la umbría de la pista forestal,

nombres míticos, referencias,

un arsenal de recuerdos superpuestos.

 

Deseo ver el bosque en primavera,

el bosque en otoño,

las castañas fuera de su cápsula espinosa,

el agua corriendo por laderas y barrancos.

 

Veo prados abandonados, frutales olvidados,

terrazas y chozos fuera de uso,

apenas un sendero abierto por los caminantes,

la subsistencia de generaciones ya desatendida.

 

Hoy hollan los caminos los turistas ávidos

de experiencias diferentes, de belleza

de fauna y flora, de los juegos de la luz

bajo el bosque-galería antes de la calbotá.

 

El otoño mágico cuelga carteles,

vende experiencias visuales, olfativas, auditivas,

rescata caminos y rutas ancestrales,

reinventa la luz mágica de la montaña milenaria.

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