La luna entra por la ventana

La mañana entra en mis manos llagadas

cubre mi rostro de fresco silencio

una urraca se hace notar entre coche y coche

y desaparece en el ruido casi continuo.

Dices:

–Está saliendo por otro lado, será normal, claro–

Aseméjase a un juego novelado de Murakami,

dos soles o dos lunas o un cambio de rotación

cual portal de mundos vueltos del revés.

La fotografía de la luna ha cruzado las tinieblas

para tender una pasarela suave,

en comunicaciones difíciles con palomas mensajeras.

Permanece ahí el satélite vigilante

haciendo poética su mirada y su presencia

mientras leo tus iniciales en un ensayo pertinente.

No debería escribir más: el tiempo, los reproches,

mi ausencia en el cubil donde amanece a las ocho,

el deber inexcusable, etéreo y autoimpuesto

van curvando el espíritu de belleza selenita

que mi hija no contempló en su firme caminar.

Los libros, –múltiples y diversos–, dan paso

a una jornada embebida en la burbuja educativa

tan complicada cada día.

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