Ocaso urbano

Y de repente desde el banco en el que lees

atisbas una claridad oeste

hacia la plaza histórica que se abre a la luz.

Algarabía de niños, piar desesperado de aves,

caminar y caminar paseando el libro…

Una exposición nada atractiva en origen

se convirtió en inspiración poética

en imaginar entornos, vidas y refugio

una suerte de gueto permitido por la dictadura,

la creatividad aumentada y tolerada

en aras de una sensación irreal de normalidad.

La tarde se ha vuelto vana en superficie,

no en el multiverso tangencial.

La noche amplifica la soledad sin esperanza

los placeres personales, los pequeños cambios

apenas detectables en la inmensidad

de la maraña de conexiones neuronales.

Mágica luz, fotografías de calles inundadas

por masas humanas ávidas de contacto.

El aprendizaje de años que te enseña

a permanecer, a avanzar con esfuerzo

apreciando cada brizna de luz en la vasta oscuridad.

Todo parece haberse reorganizado en un plano

a sabiendas de la descompensación

del profundo sufrimiento imposible de paliar.

Los automatismos funcionan en un vórtice protector

más allá de la detención del mundo.

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