
Rojo fulgor del atardecer
Se cuela a través de los ventanales
del templo consumista de la modernidad,
un lugar diverso, paradisiaco en cualquier época humana:
intercambiar el fruto de tu trabajo por comida
por limpieza, por higiene, por el goce sensorial.
El fulgor entrevisto lo has disfrutado
en un número finito y no tan elevado de ocasiones,
sosiego y fotografía y una atalaya
y quizás un estado anímico melancólico
para poder contemplar plenamente las nubes
enrojecidas por el doloroso sol poniente.
La percepción se mezcla con ciertas disonancias
sin encaje aún en tu propia vida,
el rodillo apisonador del tiempo político
enmarañado por ideas misóginas o racistas,
el agotamiento veloz de los dispositivos tecnológicos,
la muerte acelerada y mediática tras el desahucio.
Siluetean el horizonte púrpura los tirantes del puente,
estructuras increíbles asimiladas y escaladas,
edificios lejanos ya meras sombras anónimas.
De tan intenso, el rojo produce dolor social
la sangre humana vertida por miserias efímeras,
guerras justas o injustas indistintamente
y la ideología de la desigualdad de fondo
como grito justificador de todos los exabruptos.
