Poema 765: La ciudad miope

La ciudad miope

La ciudad miope está en los bancos de la noche.

Tras el caluroso día susurran las ancianas

alertas tras el desahucio,

nietas que escuchan, en pie de guerra

por las hordas fascistas cosificadoras.

La noche es de las paseantes de perros

como lo fueron los meses pandémicos.

Los políticos extremistas judíos

intentan jugar al siglo veinte.

En un maremágnum de Babel surgen iconos

cuyas voces supervivientes, magnéticas,

salen con claridad a las ondas libres.

La luna preside la ciudad miope nocturna:

se vacían los bancos alineados,

se escuchan los lamentos del telediario

y en los pisos recalentados se ventilan las miserias.

Un poeta solitario camina por el parque en obras

incapaz de comprender la vileza noticiaria

o la deshumanización de las grandes ciudades.

Poema 764: Aún no han madurado los membrillos

Aún no han madurado los membrillos

Aún no han madurado los membrillos

y las hojas del albaricoque…

Se asienta la tarde en la media luna de las antenas.

Los pensamientos iniciados se ocultan,

reaparecen cual Guadiana…

La salamanquesa no estaba en el muestrario,

apareció cuando menos se esperaba.

Los proyectos dependen de variables múltiples

de principios de incertidumbre…

Pequeñas reparaciones al filo del mediodía

muestran u ocultan acabados…

Los alambres diagonales para guiar la pasiflora

crean dudas sobre su resistencia.

Las sombras de la tarde pasan desapercibidas

en otra elevación de los espíritus…

Los membrillos verdean en el sol de septiembre

sin necesidad de ocultar la materia voyeur.

Poema 751: Noches en el lago

Noches en el lago

El fuego ilumina la noche en el lago

deforma siluetas superpuestas

atrae todas las miradas.

A decenas de kilómetros de distancia

se aprecia la morfología evolutiva,

los cambios de curvatura del amplio frente.

Dentro de unos minutos aparecerá la luna

ya no gibosa ni tan naranja

luz opuesta al rojo intenso del desastre.

El lago sinuoso en sus orillas es un imán

que atrae cada noche la vista lucernaria

un remanso de chicharras y grillos agotados.

El cono de visibilidad desde la altura

es un privilegio inesperado y tremendo

que ningún animal quiere perderse.

Las campanas decretarán el fin de la noche

lo efímero de un viaje fantástico,

el único recuerdo de fotografías avanzadas.

La llegada del día determina el fin del avistamiento

de unas llamas que progresan aventadas

o se ralentizan al paso de los hidroaviones.

La noche fue quizás un sueño horario

un placer efímero y encendido de los sentidos

la asunción de una inesperada plenitud.

Poema 741: Aromas y luces al atardecer

Aromas y luces al atardecer

Reina la luna dos tercios visible,

oculta el rumor del río urbano

el piar desesperado de los pájaros

en este atardecer del solsticio en el barrio gitano.

Interminable luz en un horizonte pastel

de ligero caminar aún exaltado

por el deporte, la cerveza y el cariño familiar.

Las noches de junio crecientes son mitificadas

cada vuelta terrestre alrededor del sol,

fuegos del día que se extinguen con placidez,

palabras y caricias y paseos interminables,

el abrazo de mi hija acuática en la piscina.

Alejado del cereal voluptuoso a esa hora

aspiro la fragancia de las plantas ribereñas,

detengo el tiempo y el caminar pausado,

llenos los bancos de personas chismeando,

llena la cabeza de una idea propia del mundo.

Se encienden luces interiores,

siluetean personas afanándose en su hogar

ajenas a la madre naturaleza de sus ancestros.

Fugaces, estos atardeceres desaparecerán

en indefinidos ciclos siempre insuficientes,

en inviernos introspectivos y apocados.

Toca celebrar esa luna creciente y este calor

tan denostado y sofocante

antes de la plenitud de ese número finito de veranos.

Poema 739: La Reina de las Telas

La Reina de las Telas

Noche creciente, luna creciente con estrella,

el poeta atraviesa la ciudad en bicicleta:

Delicias, Arco de Ladrillo, La Farola, La Rubia…

Se ha cruzado con raiders diversos en las sombras

mientras rememora la nave con pequeñas claraboyas.

Riesgo, vértigo, madeja felina, la Reina de las Telas,

ágil escaladora compositora de instantáneas

la habilidad escalada, elevada a una potencia artística.

Todo el antiguo taller está lleno de ilusión y talento,

cuerpos entrenados durante todo el año,

múltiples procedencias, ideas vitales y experiencias,

la Luz de las Delicias es un punto de encuentro intenso

en el que las emociones están siempre a flor de piel.

Suena la música y comienza la dramatización,

composiciones imposibles para cuerpos normativos,

escorzos, enredos, la fuerza contra la masa, cierta gravedad

y la salvación de la integridad personal en el compañerismo.

El taller es un refugio y una guía espiritual semanal:

allí cada cual brilla con elegancia y se encuentra a sí misma

abriendo al mundo, en esos minutos de acrobacias increíbles,

la enorme capacidad estética de su yo artístico.

El esfuerzo y las sonrisas son solidarios y colectivos,

maestría a base de disciplina, práctica y confianza fraterna,

un reinado de apariencia efímera mas elongable y absoluto.

Poema 723: No quise ni mirar

No quise ni mirar

Todos somos huéspedes de la vida,

vivir es solo una costumbre.

                                    Anna Ajmátova, en Bocetos de Komarovo

No quise ni mirar, pero la vi, mediada,

ya no era la insinuación lunar con forma de columpio.

El tiempo en el que picoteas imágenes

parece eterno en la indecisión,

instantes similares repetidos con leves variaciones,

hasta que un día el paradigma ha cambiado y es otro.

Esa arruga o ese pelo ralo permanecen una línea,

un verso como la costumbre de vivir,

lejos de la Odisea, de la épica narrativa arcaica.

Si alguien clasificara las vidas cotidianas

de personas anónimas en categorías

podría romper la continuidad aparente

por sus estados de ánimo o sus consumos culturales:

las noticias, las mensajeras, los podcasts,

la velocidad calzada de viento de modas y consignas.

La vitalidad al uso es un no parar, no detenerse,

no meditar o respirar ante la belleza de un soplo

no desperdiciar esa vida insuflada o adquirida,

siempre menguante, siempre abierta y etérea.

–¿Por qué escribes? –, Te dirá el ciclista encadenado

a una rutina-cadena maquinal y ciertamente placentera.

–¿Por qué lees? –, Te dirá tu elaboración interior

ante el campo recién espigado agitado por la brisa.

Tras un año de vicisitudes olvidables y mecánicas,

recuerdo la colina a una milla del centro comercial

sobre la que me senté un día inusualmente festivo:

tristeza inicial, autoconsciencia, fusión natural,

un hueco en el tiempo y una fotografía que nada captó.

Vivir es solo una costumbre.

Poema 700: La luna, el gato y la bruja

El gato, la luna y la bruja

Al fin un cielo claro

paréntesis, anuncio de otros fríos,

la luna menguante en su columpio

fotogénica y luminosa.

Luna lunera, Selene, Astarté

la reencarnación astral de la belleza

formas suaves, deseables

el arte de la paz, protectora y vigía.

El gato en su hábitat,

compañero elegante de cariño aleatorio,

siempre juguetón como un niño

eterno demandante de atención incondicional.

La bruja, gran clásico en el imaginario patriarcal

recuperada heroína, sabia y madrina,

amalgama de ciencia y lógica,

receptora del odio impotente del machirulo ignorante.

Estampa perfecta en una mañana de febrero

en la que nada sucede y todo está ocurriendo.

Poema 670: Máximo placer

Máximo placer

La luz de la mañana, el aire frío de esta borrasca,

la silueta brillante de la luna menguante

y una colección de libros, papeles, erudición

tras el olor exuberante del café

convierten esta hora en un disfrute de los sentidos.

Ya no existe un trávelin del amanecer

mientras escuchaba pomposos relatos musicales:

se imponen algunos poemas de contraste,

el terrible siglo veinte en el este europeo,

la tesis profunda y documentada

sobre la igualdad natural o la historia revisada.

Despido a mis hijos que caminan con energía

hacia su propia captación del saber,

escenas memorables con fondo otoñal

de un paseo de árboles caducifolios en decoloración.

Mi conciencia solo me permite unos minutos de placer;

antes de reintegrarme al flujo laboral

observo el lejano brillo de un sol naciente,

unas nubes rosadas, un comando de jardineros

afanándose en la recogida de las hojas incontables.

El boli Bic me llama desde la portada de un Moleskine:

mínimas reflexiones personales de cada día,

la oscilación trigonométrica del estado de ánimo,

las novedades meditadas o improvisadas,

la vida revisada meses o años después.

El placer tiende a su fin según se aclara el día

y el enfoque se vuelve pragmático desde la poesía:

un elevado punto de partida para la lucha cotidiana.

Poema 660: Melancolía otoñal

Melancolía otoñal

La luna se acuesta en una secuencia fotográfica

una maravilla, una impaciencia pese a su velocidad.

El signo de los tiempos es tecnológico, veloz,

mucho más que la velocidad de procesamiento

melancólico de las neuronas implicadas.

Las tardes aún largas, secas y calurosas

se oponen con fuerza a la languidez anímica,

a los pensamientos evolutivos fruto de la edad.

Alcanzas a ver ojos llorosos y decaimiento eventual

la vida por delante erizada de espinos y trampas,

también de una belleza sublime por averiguar.

Este otoño no traerá búsquedas micológicas

sino sequía y crujir de suelos castigados por el sol,

tal vez música y tal vez silencio y más silencio.

La autoestima cotiza en la bolsa local y universal

fluctúa siguiendo algoritmos recónditos,

conversaciones, deportes, acontecimientos.

Revives momentos estelares en fotografías antiguas,

agrandas la percepción de tu paso por el mundo,

viajes, confidencias, secretos de medio punto.

Termina el tiempo de introspección poética

por motivos laborales acumulados en montañas

de excelsa burocracia, de selección de contenidos,

más allá de los estados de ánimo o del marco otoñal

de este mes de octubre aún verde y ya decreciente.