Poema 621: Lujuria lunar en una terraza primaveral

Lujuria lunar en una terraza primaveral

A silver Lucifer
serves
cocaine in cornucopia
             Mina Loy, Baedeker Lunar

Nunca estuve en una fiesta como esa,

imagino un palacio veneciano con vistas al Gran Canal,

la luz decreciente de un día de abril

y una luna aún sin completar ya nítida y aún opaca.

Atractivos camareros pasan fugaces

dejando un halo de belleza y deseo en el ambiente,

una promesa de electricidad al llegar la noche.

Fluyen palabras especiales en rostros enmascarados

fuente de concupiscencia, gestos sensuales,

la personalidad condensada en la voz y el movimiento.

Un destello de combinación inteligente de vocablos,

una sabiduría en la escucha activa,

el aura personal disimulado y estimulado por el atuendo.

Joyas, ojos que sintonizan la misma longitud de onda,

el roce místico de un dedo en un antebrazo

antesala de la comunión lunar.

El palacio es un laberinto de túneles, escaleras,

estancias en cuyos interiores barrocos

serán hollados infinidad de cráteres dérmicos.

La fiesta es la antesala de un despertar poético:

retazos de recuerdos a velocidad sináptica,

la faz oscura de la luna, Mare Tranquillitatis,

y una luz intensa antes del eclipse.

Poema 614: Márgenes

Márgenes

Escribo desde la centralidad del sistema,

no en los márgenes ni en la periferia,

lejos de la montaña y la llanura,

esas que a veces me llaman

y a las que acudo desde mi privilegio

de hombre blanco hetero con estudios.

Acomodado en mi sofá se infiltran noticias de magnates

o desdichados paganos de la avaricia;

se entrelazan con avances científicos

o pequeñas joyas culturales no para cualquiera.

Fotografío la luna creciente o la puesta de sol abrileña

preludio de las mil lluvias del refrán,

escucho Pulchinella potenciando los graves,

mientras paseo la vista por docenas de libros

a cuál más fascinante y prometedor.

Casi en los márgenes he debatido sobre el miedo,

el temor, la preocupación, el efecto subjetivo

que las palabras producen en quien las recibe.

Mi subconsciente ha evaluado a un sospechoso:

forma, tamaño, volumen, actitud al caminar;

lo he ignorado al no considerarlo peligroso.

Hoy no he paseado ningún libro en la tarde calurosa,

he leído una inscripción en la Fuente de la Salud

sobre unas tropas francesas acantonadas allí

hace dos siglos y medio largos, sin continuidad de días,

y he caminado de vuelta a mi referencia hogareña.

Un cierre cíclico del deambular centrífugo,

el placer de estar clausurando la tarde poética.

Poema 602: La cúpula

La cúpula

La llamaron geoda antes de existir,

diseñada con creatividad política,

un engarce de figuras geométricas

aceradas y ensambladas con arte.

La sacudieron vientos e inclemencias,

políticas y meteorológicas:

un nombre infausto para la plaza,

una columna central innecesaria

que aún podría ser retirada.

Se filtran a través de ella ocasos,

plenilunios, nubes rosadas por el sol,

el reflejo magnífico en el agua en derredor.

Pían los pájaros revueltos en el crepúsculo,

revolotean decenas de murciélagos

devoradores de masas insectívoras.

Imagino con gran expectación

el crujir fundamental de la estructura

si fuere retirado el sostén central:

algarabía y aplausos o la ruina amalgamada

del diseñador o del gran soterrador.

Un monumento geométrico emblemático

de gran belleza matemática,

de resonancia lapidaria oculta

por un torbellino de conceptos eruditos.

Poema 599: ¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

El amanecer se ha disfrazado de luna llena

en el punto cardinal opuesto a la aurora.

Hipnotizado por el tamaño y el color

acodado en la ventana privilegiada

contemplo ese instante de hermosura efímera.

Aún consciente de la fugacidad de la escena

no tengo paciencia para la consumación.

Es el sino de los tiempos, apresuramiento,

prisa, fugacidad, ausencia de recogimiento.

La velocidad de la bicicleta no parece suficiente,

tampoco ese audio escuchado a velocidad normal,

el tiempo no se multiplica por subdividirlo en mónadas,

tampoco el disfrute profundo de la vida.

Ciertamente el encuadre de la escena callejera

es repentino: lugar, luz, circunstancia, presencia,

después el caos y la vulgaridad persistente

abierta en canal un instante para tu ansiosa mirada.

Leo cada día una suma intensa de titulares periodísticos,

la nada vacía y matemáticamente discreta

de unos fuegos artificiales remotos y ajenos

que se cuelan en las mentes desprevenidas

crean emociones básicas, arcaicas e insanas

en aras de la huida hacia adelante consumista.

¿Cuánto tiempo puedo dedicar a la luna?

¿Y cuánto tiempo a la lectura y a la cultura?

Poema 590: Frío impostado

Frío impostado

La tercera o cuarta noticia del día es el frío,

frío castellano, seco, intenso, intrínseco,

aprovechado secularmente para curar embutidos,

para cocinar el puchero en la lumbre.

Las agencias de noticias priman la esperanza,

la noticia que nunca llega:

la tregua parcial de los bombardeos sionistas

en el avispero del mundo.

El frío hace abrir nuevos albergues a orillas del Nervión,

estira las vidas miserables de los sintecho,

una buena noticia entre decenas de rencillas políticas,

discursos miserables, papanatas de la demagogia.

El frío mediático es más intenso que el real,

propicia ropa térmica, capas y capas de textil

y un apalancarse en el sofá, bien calefactado.

La escarcha en los tejados

tiene el mismo color que la luna diurna,

la escasa intensidad de un saludo de ascensor.

Se congela la ropa tendida en el canal

ávida del sol de la mañana,

colocada ahí solo para el disfrute del corredor.

Dice el periódico que mueren las plagas y renacen los virus,

alojándose en sus huéspedes de forma aleatoria.

La cuesta de enero ha llegado como llega siempre.

Poema 583: Perfect Days

Perfect Days

Aurora, crepúsculo, cúpula, luna llena

accidentes geográficos diversos,

conjuros en la sucesión imparable

de ritmos olvidados, memorables.

Un poema sobre calles desiertas,

avanza diciembre, luces, comercio, regalos,

el puente que se abre para los caminantes,

peregrinos, visitantes con ojos nuevos.

Lago, laguna, fochas comunes al sol

de un invierno ancestral congelado,

caminar anónimo por sendas artificiales,

máscaras y baile, pertenencia,

cervezas en lugares de una cierta nostalgia.

Cuerpos que se funden estrechamente,

raiders obcecados en la noche

cruzan la ciudad fantasmal, onírica y sepia.

Un sueño reparador, un poeta minimalista,

expectativas de elección múltiple,

árboles helados, esculturas en madera muerta,

la isla inaccesible.

Suena Lou Reed susurrante y antológico,

nada es perfecto mientras dura.

Poema 560: Abro la ventana

Abro la ventana

Entra frío, el ruido de esta hora

vehículos, rumor de fondo del tráfico,

me sorprende la luna aún alta por el oeste,

caminantes zombis, nubes,

ahí afuera está el mundo,

también en las montañas de libros

que me alegran y desasosiegan.

Salen de mi cabeza las noticias oscuras,

asesinatos, guerras, políticos destructivos,

entra la actriz hermosa de una serie,

las palabras de Ana Blandiana sobre la poesía:

es esencia y símbolo.

Regresan las ocupaciones del día,

el microcosmos educativo,

las pequeñas decisiones volitivas,

qué escuchar en el viaje,

cómo terminar este poema.

Afuera está la vida y las múltiples sensaciones,

la acción que se convertirá en verso,

el saludo apresurado de mis hijos

en su camino rutinario al aprendizaje.

Solo queda una región inhóspita del espacio

de la que tengo que salir en unos minutos.

Poema 552: Luna

   

  

Luna

Para Manolo, in memoriam

Surgió roja por el este,

segmentada por las nubes.

Ya no pudiste verla, tan bella.

Atisbé el mensaje fatal mientras conducía,

reviví momentos, palabras,

la voz que se te estaba yendo

junto con toda la seguridad del hombre recto,

noble, inteligente y cabal.

La luna ascendía intensa y sangrante,

notas de  Années de Pèlerinage

desgranadas por un pianista ruso.

Una lágrima, golpes de pádel,

los libros que estabas leyendo.

Se elevaba en el horizonte, decolorándose,

manchas sobre el fulgor del sol,

un verano cenando junto al mar.

No pudimos hablar más, jugar más,

sentarnos más en el borde de la piscina

en contemplación, arreglando el mundo.

La luna sigue su curso, ajena

a la vitalidad que desplegaste sobre la Tierra

al hueco enorme que nos dejas.

Poema 394: Teatro en Cáparra

Teatro en Cáparra

El sendero está iluminado por cirios en el suelo,

vibran las ruinas bajo la luz del fuego,

intimidad en la sierpe de espectadores,

un río humano que surge del polvo

y camina con expectación hacia el arco tetrápilo.

La magia del teatro convoca risas y aplausos,

incluso la luna llena hoy no ha querido perderse

el alimento del humor teatralizado;

eso la hace ascender e iluminarse cada minuto.

Sobre el histórico sitio romano excavado,

uno se predispone a cualquier enredo, engaño,

diálogo con voz fuerte y autoridad en la dicción:

Plauto ha sido adaptado a una modernidad arcaica.

Los aplausos son el agradecimiento por la risa,

ese don tan escaso y volátil,

el esfuerzo de las actrices y actores disfrazados

por adaptar gestos, palabras, movimiento y acción.

El acoso de los patricios hacia las esclavas

provocan la risa fácil del espectador

sustentada en el travestismo y la banalidad,

en los equívocos sexuales y la belleza,

y en la gracia ebria del esclavo Olimpión.

Aparto la vista unos instantes del escenario

y allí aparecen, alumbradas por el generoso satélite

vestigios de lo que fue un próspero cruce de caminos,

una ciudad ensamblada en una colina al pie del río Ambroz.

Poema 380: La luna enciende la cebada

La luna enciende la cebada

La luna enciende la cebada

recién regada por la tormenta.

Tras la lluvia, huele a cereal espigado,

hay mucha feracidad en las plantas.

Algunos árboles del paseo están huecos

pero han brotado sus hojas de un verde intenso.

El viento hace ondular las espigas

y la luz del anochecer crea una atmósfera mágica.

Solo, en medio del campo, me pregunto por esta belleza

por la singularidad de este momento

en el que mis sentidos aprehenden cuanto abarcan;

también por la soledad y la despoblación,

al igual que días atrás en las Batuecas

me preguntaba por la vida en los eremitorios,

consciente de que el lunes

soportaría los ruidos y la contaminación urbana,

el gris opaco del asfalto en los ojos

impregnados de verde y trasparencia en ese instante.

Cada estación, añoro más la vida al aire libre

el riesgo y la soledad

frente a la seguridad socio-sanitaria de la ciudad;

la meditación y el éxtasis

frente a las prisas compulsivas y las adicciones tecnológicas.

Vuelvo envuelto en mi propia nube,

en el placer renovado de los sentidos,

de nuevo domesticado y cómodo

al mundo aséptico de horarios y sentidos limitados.