Poema 727: El club del desengaño

El club del desengaño

Consumo un concierto tras otro,

un podcast, las canciones de una superstar

como si fuera de lujo en lujo,

jamón de pata negra tras pata negra

la costumbre de leer estados de ánimo

en periodistas poetas de la estirpe de Valdano.

La singularidad no me hace llorar

ni me traslada más allá de mi conciencia aletargada;

quizás el rostro cambiante de la violonchelista

o los parabienes predecibles de los metales

podrían hacerme despertar.

Me acerco a la sala de conciertos como a una catedral,

embargado por el color ambarino de la madera

y por los murmullos que preceden al silencio.

Las imágenes mentales que llevo conmigo son repetitivas

no memorables ni singulares.

Allí se produce la transmutación en una epifanía de la belleza,

una sinfonía contrastante muy trabajada:

los gestos tan expresivos de la contrabajista nunca defraudan,

tampoco la elegancia de la percusión ni el solo de flauta.

Abierta la espita de la belleza extrema, aparece el cielo poniente

como una culminación del torrente de imágenes gozosas,

una puesta en valor inesperada tras la apatía persistente.

Poema 552: Luna

   

  

Luna

Para Manolo, in memoriam

Surgió roja por el este,

segmentada por las nubes.

Ya no pudiste verla, tan bella.

Atisbé el mensaje fatal mientras conducía,

reviví momentos, palabras,

la voz que se te estaba yendo

junto con toda la seguridad del hombre recto,

noble, inteligente y cabal.

La luna ascendía intensa y sangrante,

notas de  Années de Pèlerinage

desgranadas por un pianista ruso.

Una lágrima, golpes de pádel,

los libros que estabas leyendo.

Se elevaba en el horizonte, decolorándose,

manchas sobre el fulgor del sol,

un verano cenando junto al mar.

No pudimos hablar más, jugar más,

sentarnos más en el borde de la piscina

en contemplación, arreglando el mundo.

La luna sigue su curso, ajena

a la vitalidad que desplegaste sobre la Tierra

al hueco enorme que nos dejas.

Poema 243: Píldoras de felicidad

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No puedo levantar mucho la vista,

ni sacar la mirada poética a pasear,

las prisas y el agobio de la mala vida cotidiana

me adhieren al suelo sucio de la ciudad.

 

Cuando al fin puedo hacerlo veo pájaros,

urracas sobreviviendo a su extraña multiplicidad,

aves migratorias en la curva del río,

bandadas de palomas alimentándose en un sembrado.

 

Otras veces es la luna tras un inmueble

que se asoma en una noche de nubes y llovizna,

o las escasas hojas aleatorias de un plátano

que resisten al viento, la lluvia y las heladas.

 

Soy una combinación de imágenes procesadas

por mi estado mental, hormonas, noticias, autoestima,

la lectura predominante en esos días,

una suma ponderada de miles de asuntos minúsculos.

 

La alienación y los límites vitales soplan en contra,

no hay aún un cortavientos eficaz,

ni la técnica psicológica suficientemente potente

para enfrentarse al vacío existencial cotidiano.

 

¿Qué nos sostiene o sustenta cada día?

¿Qué mecanismos nos producen picos de alegría?

¿Cuándo podemos afirmar que somos un poco felices?

¿Qué corriente nos transporta hacia el bienestar?

 

La búsqueda matemática de todos los datos,

el descubrimiento de píldoras de vitalidad

más allá del azar o del ensayo y error actuales

será quizás uno de los mercados futuros de la humanidad.

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Poema 178: Cincuenta

Cincuenta IMG_0734

El aprendiz de poeta se acerca a los cincuenta,

abre una hoja en blanco,

igual de escéptico que hace diez años

por unas cosas o por otras.

 

Durante unos meses ha dejado de mirar:

el árbol ya no es un árbol sagrado,

solo es verde, quizás pelado en su cénit,

el río es un río asolado de verano de color vulgar.

 

De todo hace ya muchos años:

del tiempo de las bicicletas o de una libertad

que no existía, que ahora fabrica en su mente

y evoca como si fuera real y tangible.

 

Ha dejado de leer poesía inteligente,

versos en los que atisbar soluciones vitales;

picotea aquí y allá en busca de ideas

escribe o imita, desafía el vacío con palabras.

 

Cuando mira atrás encuentra vivencias,

se justifica con miles de recuerdos y fotos,

centenares de páginas escritas,

el bagaje de una vida de altibajos.

 

Algunas vías no han sido aún exploradas,

muchos libros esperan a ser leídos,

cientos de películas que le gustaría ver

y otras que aún no han sido rodadas.

 

Los cincuenta es una edad meridiano:

se oscila en distintas latitudes manteniendo la longitud,

no hay excusas para lo que no se ha hecho,

ni justificaciones reales de los errores cometidos.

 

A veces el aprendiz de poeta se pasea satisfecho

de su pequeña obra o del vórtice vital que ha ocupado:

entonces, desearía desaparecer o renunciar,

mas la belleza vital le sirve de ancla y permanencia.

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