
El río ciclista
“Me arrepiento de dos cosas, –dijo el ciclista–,
de haber llevado al desguace el viejo Ebro de mi padre
y de haber vendido la moto roja de mi juventud.”
Abelardo, ciclista ocasional
Recién llegado a la fiesta ciclista, ubicaba cascos y colores,
uniformes homogéneos fotografiados bajo la torre mudéjar.
El alma de la ruta, lesionado, irradiaba optimismo y mecánica,
un enorme carro transportador de bicicletas, cinchas, ayudantes,
toda la parafernalia reputacional que quiso conseguir.
Anécdotas de aquella primera ruta inaugural, pioneros
que siguiendo el río Guareña fueron marcando hitos y leyendas.
Magníficos paisajes de la Castilla estival, girasoles amarillos,
colinas, un vertiginoso descenso al valle fluvial,
el frescor increíble de las grutas milenarias del vino,
las águilas y cigüeñas que se afanan tras las cosechadoras.
Las mismas pausas rituales: miradores, puentes ancestrales,
fotografías con la espectacular colegiata románica al fondo,
y finalmente el ceremonial del baño fluvial
enmarcado por los ojos históricos del puente medieval.
Arbucala, ciudad vaccea, contemplaba desde las alturas
el chapoteo divertido de los ciclistas experimentados.
La jornada de épica ciclista para unos e iniciática para otros
culminó pantagruélicamente en casa La Pacheca
con un enorme festín de comida rústica y sabrosa,
elevando las conversaciones y los espíritus,
alimentando los cuerpos agotados por los caminos fluviales.
