Poema 745: El río ciclista

El río ciclista

“Me arrepiento de dos cosas, –dijo el ciclista–,

de haber llevado al desguace el viejo Ebro de mi padre

y de haber vendido la moto roja de mi juventud.”

                                                     Abelardo, ciclista ocasional

Recién llegado a la fiesta ciclista, ubicaba cascos y colores,

uniformes homogéneos fotografiados bajo la torre mudéjar.

El alma de la ruta, lesionado, irradiaba optimismo y mecánica,

un enorme carro transportador de bicicletas, cinchas, ayudantes,

toda la parafernalia reputacional que quiso conseguir.

Anécdotas de aquella primera ruta inaugural, pioneros

que siguiendo el río Guareña fueron marcando hitos y leyendas.

Magníficos paisajes de la Castilla estival, girasoles amarillos,

colinas, un vertiginoso descenso al valle fluvial,

el frescor increíble de las grutas milenarias del vino,

las águilas y cigüeñas que se afanan tras las cosechadoras.

Las mismas pausas rituales: miradores, puentes ancestrales,

fotografías con la espectacular colegiata románica al fondo,

y finalmente el ceremonial del baño fluvial

enmarcado por los ojos históricos del puente medieval.

Arbucala, ciudad vaccea, contemplaba desde las alturas

el chapoteo divertido de los ciclistas experimentados.

La jornada de épica ciclista para unos e iniciática para otros

culminó pantagruélicamente en casa La Pacheca

con un enorme festín de comida rústica y sabrosa,

elevando las conversaciones y los espíritus,

alimentando los cuerpos agotados por los caminos fluviales.

Poema 732: Bajando por el Regato del Artillero

Bajando por el Regato del Artillero

Una mañana de primavera en bicicleta

desciendo por el mítico camino serpenteante:

se abre al valle del Guareña, amplio horizonte

colinas suaves, verde cereal y pinos.

Dejo atrás el pinar que planté con mis tíos

hace ya muchos años y que heredó mi madre,

los almendros a rebosar de almendras en su vaina,

las escorrentías de las últimas tormentas,

antes de llegar a la zona de arenas

y al embarcadero que es ya pura ruina

otrora epicentro de cazadores y ganaderos.

Huele a la naturaleza que amanece y se abre

ante el calor ascendente del día;

recuerdo aventuras, hogueras, escapadas veraniegas,

comidas peñistas y ascenso a los tesos.

Muchas de las personas que controlaban la tierra

han desaparecido sin dejar rastro de sus vivencias

ya solo memoria decadente de paisanos a extinguir.

Disfruto del horizonte tormentoso, de las aves excitadas

por la lluvia que descarga aleatoriamente aquí y allá,

me preparo para obviar el paso entre vallados endebles

tras los que pastan los toros bravos

siempre atentos a cada movimiento del camino.

Las choperas son siempre diferentes a la orilla del río,

bufan con el viento y se balancean majestuosas

como olas sobre un campo de margaritas.

Ya en el valle contemplo cantarín el curso del agua

satisfecha el ansia del descenso ansiado,

llena la mente de imágenes estimulantes.