
Bajando por el Regato del Artillero
Una mañana de primavera en bicicleta
desciendo por el mítico camino serpenteante:
se abre al valle del Guareña, amplio horizonte
colinas suaves, verde cereal y pinos.
Dejo atrás el pinar que planté con mis tíos
hace ya muchos años y que heredó mi madre,
los almendros a rebosar de almendras en su vaina,
las escorrentías de las últimas tormentas,
antes de llegar a la zona de arenas
y al embarcadero que es ya pura ruina
otrora epicentro de cazadores y ganaderos.
Huele a la naturaleza que amanece y se abre
ante el calor ascendente del día;
recuerdo aventuras, hogueras, escapadas veraniegas,
comidas peñistas y ascenso a los tesos.
Muchas de las personas que controlaban la tierra
han desaparecido sin dejar rastro de sus vivencias
ya solo memoria decadente de paisanos a extinguir.
Disfruto del horizonte tormentoso, de las aves excitadas
por la lluvia que descarga aleatoriamente aquí y allá,
me preparo para obviar el paso entre vallados endebles
tras los que pastan los toros bravos
siempre atentos a cada movimiento del camino.
Las choperas son siempre diferentes a la orilla del río,
bufan con el viento y se balancean majestuosas
como olas sobre un campo de margaritas.
Ya en el valle contemplo cantarín el curso del agua
satisfecha el ansia del descenso ansiado,
llena la mente de imágenes estimulantes.
