El último rayo

El último rayo de sol en el puente medieval,

paseando un libro,

algarabía de golondrinas ahítas de mosquitos,

la piedra está caliente,

el frescor cae en picado con el ocaso.

Abro el libro Melancolía: hay obsesión repetitiva,

hay deseo e inseguridad, temor y duda.

Trato de evadirme de la sucesión excesiva de hitos

en estos hermosos días de mayo:

bautizo, cumpleaños, graduaciones, fotografías,

un riego automático que se resiste técnicamente

antes de que el calor desmesurado desbarate el huerto.

Nostalgia anticipada de las rutinas caminantes

entre vestigios y ruinas, noches de invierno heladoras,

paisajes de soledad rural en calles desiertas.

El tiempo se ha detenido en el pretil medieval,

también mi mente tan activa se ha suspendido,

solo existe el piar alborozado de golondrinas

el caótico vuelo de la abundancia eclosionada

y el frescor preludio del frío en mis brazos desnudos.

Se desvanece la realidad tras esta epifanía:

es hora de caminar hacia el reencuentro filial

bordeando a los muchachos fumadores de hierba

y comenzar un ascenso pétreo de gran hermosura.

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