Poema 731: El último rayo

El último rayo

El último rayo de sol en el puente medieval,

paseando un libro,

algarabía de golondrinas ahítas de mosquitos,

la piedra está caliente,

el frescor cae en picado con el ocaso.

Abro el libro Melancolía: hay obsesión repetitiva,

hay deseo e inseguridad, temor y duda.

Trato de evadirme de la sucesión excesiva de hitos

en estos hermosos días de mayo:

bautizo, cumpleaños, graduaciones, fotografías,

un riego automático que se resiste técnicamente

antes de que el calor desmesurado desbarate el huerto.

Nostalgia anticipada de las rutinas caminantes

entre vestigios y ruinas, noches de invierno heladoras,

paisajes de soledad rural en calles desiertas.

El tiempo se ha detenido en el pretil medieval,

también mi mente tan activa se ha suspendido,

solo existe el piar alborozado de golondrinas

el caótico vuelo de la abundancia eclosionada

y el frescor preludio del frío en mis brazos desnudos.

Se desvanece la realidad tras esta epifanía:

es hora de caminar hacia el reencuentro filial

bordeando a los muchachos fumadores de hierba

y comenzar un ascenso pétreo de gran hermosura.

Poema 722: Al atardecer…matemáticas

Al atardecer…matemáticas

Al atardecer, junto al puente histórico,

revolotean las golondrinas

en un aparente caos del espacio aéreo;

hacen acopio en sus buches

de miríadas de mosquitos recién eclosionados.

El espectáculo del piar alborozado

es una maravilla.

He paseado un libro desde el Archivo a la ribera

como quien lleva un tesoro o un seguro bajo el brazo,

deseando encontrar el banco exacto

en el que leer acaso un párrafo revitalizante.

Son, sin embargo, el sonido del río en la pesquera,

las aves canoras, la luna creciente incipiente

y la estela de condensación aeronáutica

quienes definen la belleza del ocaso.

Pese al agotamiento estructural del día

aún tengo energía renovada para ascender

las empinadas rampas de acceso a los miradores,

al núcleo antaño amurallado lleno de recovecos.

El encuentro con mi hijo, ensimismado tras la música,

en la explanada del archivero,

activa en mi mente áreas comunicativas enrevesadas

en busca de ideas aperturistas ante el mutismo adolescente.

Una descomposición factorial polinómica mental

en aras de un cálculo de primitivas, logra desterrar el silencio.

Las matemáticas pueden reordenar el mundo.