
Al atardecer…matemáticas
Al atardecer, junto al puente histórico,
revolotean las golondrinas
en un aparente caos del espacio aéreo;
hacen acopio en sus buches
de miríadas de mosquitos recién eclosionados.
El espectáculo del piar alborozado
es una maravilla.
He paseado un libro desde el Archivo a la ribera
como quien lleva un tesoro o un seguro bajo el brazo,
deseando encontrar el banco exacto
en el que leer acaso un párrafo revitalizante.
Son, sin embargo, el sonido del río en la pesquera,
las aves canoras, la luna creciente incipiente
y la estela de condensación aeronáutica
quienes definen la belleza del ocaso.
Pese al agotamiento estructural del día
aún tengo energía renovada para ascender
las empinadas rampas de acceso a los miradores,
al núcleo antaño amurallado lleno de recovecos.
El encuentro con mi hijo, ensimismado tras la música,
en la explanada del archivero,
activa en mi mente áreas comunicativas enrevesadas
en busca de ideas aperturistas ante el mutismo adolescente.
Una descomposición factorial polinómica mental
en aras de un cálculo de primitivas, logra desterrar el silencio.
Las matemáticas pueden reordenar el mundo.
