Un día dejé de saltar

Un día dejé de saltar,

la sensación magnífica de estar por encima de bancos, sillas, vallas,

unos instantes suspendido en el aire:

uno, dos, tres, cuatro segundos…

Aquella sensación imparable de saltar.

La plasticidad de tu mente se acostumbra

se amolda a declinar el salto por temor,

una caída, la gravedad que se ha impuesto.

Los cambios llegan con continuidad teórica,

algunos son imperceptibles en el corto plazo

otros son conscientes y visibles automáticamente.

Continúo jugando al futbito a otro ritmo,

viendo pasar la pelota las más de las veces,

calentando de forma artificial resignadamente.

Cuando dejas de saltar también olvidas,

olvidas el placer y la ebullición del cuerpo en primavera,

la agilidad de poder subirte a un árbol,

la predisposición mental a realizar cualquier deporte.

La vida pesa, también pesa la tristeza o el desánimo,

esas montañas rusas que te transportan

como alfombras voladoras aleatorias

desde las que observas la belleza y la miseria.

La alfombra mágica a veces se llama bicicleta,

otras veces es más estática y se autodenomina meditación.

No hay tiempo para el balance o la deserción,

los impulsos de fuerza deben reorientarse,

aprender a permanecer anclado al suelo casi siempre

hasta que las condiciones permitan volar un instante

en las notas mágicas de una sinfonía

o en el residuo seco, mas lleno de sudor,

de una colectividad deportiva o emotiva, familiar o amistosa.

El final del salto es un símbolo adaptativo,

una reconversión necesaria e inteligente,

la virtud en medio de la necesidad madura de permanencia.

Deja un comentario