Poema 729: Un día dejé de saltar

Un día dejé de saltar

Un día dejé de saltar,

la sensación magnífica de estar por encima de bancos, sillas, vallas,

unos instantes suspendido en el aire:

uno, dos, tres, cuatro segundos…

Aquella sensación imparable de saltar.

La plasticidad de tu mente se acostumbra

se amolda a declinar el salto por temor,

una caída, la gravedad que se ha impuesto.

Los cambios llegan con continuidad teórica,

algunos son imperceptibles en el corto plazo

otros son conscientes y visibles automáticamente.

Continúo jugando al futbito a otro ritmo,

viendo pasar la pelota las más de las veces,

calentando de forma artificial resignadamente.

Cuando dejas de saltar también olvidas,

olvidas el placer y la ebullición del cuerpo en primavera,

la agilidad de poder subirte a un árbol,

la predisposición mental a realizar cualquier deporte.

La vida pesa, también pesa la tristeza o el desánimo,

esas montañas rusas que te transportan

como alfombras voladoras aleatorias

desde las que observas la belleza y la miseria.

La alfombra mágica a veces se llama bicicleta,

otras veces es más estática y se autodenomina meditación.

No hay tiempo para el balance o la deserción,

los impulsos de fuerza deben reorientarse,

aprender a permanecer anclado al suelo casi siempre

hasta que las condiciones permitan volar un instante

en las notas mágicas de una sinfonía

o en el residuo seco, mas lleno de sudor,

de una colectividad deportiva o emotiva, familiar o amistosa.

El final del salto es un símbolo adaptativo,

una reconversión necesaria e inteligente,

la virtud en medio de la necesidad madura de permanencia.

Poema 440: El fin de la noche

El fin de la noche

Los patines eléctricos cruzan la noche

como criaturas desesperadas,

desprovistas de sentimientos,

apagados los sentidos

cual inequívoca emulación de Blade Runner.

Silenciosos, durmientes, oscuros,

rompen las distancias y las coartadas,

autómatas del intercambio,

sin propósito personal alguno.

Células enigmáticas y asexuadas,

dispensadores de placer ajeno,

el instante es múltiplo del vacío,

el no ser de la soledad completa.

Somos burgueses alejados de la oscuridad,

subyugados por la tecnología del hogar,

inválidos en un territorio inhóspito

cuyos códigos secretos desconocemos.

Hay un silencio y una quietud sospechosa,

cazadores con los ojos brillantes,

acechan la novedad inocente

captan adeptos, clientes y verdugos futuros.

El fin de la noche, el desánimo,

los rostros ultrajados, somnolientos,

anodinos y anónimos sin luz ni esperanza,

consumidores avaros del día de descanso.

Poema 91: Sucede

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Nunca es de noche ahora,

crecen y crecen las plantas silvestres,

los piñones y las almendras servirán

para el invierno,

la luz puede desintegrar las agujas del pino,

convertirlas en fuegos de artificio.


No hay realidad, consumes y construyes

tus propios decorados;

todo se mueve pero tú permaneces,

la sangre no huye de ti

peregrino de imágenes y báculo.


La matemática puede modelizar tu vida,

o decorar tu perfil de Facebook,

abrir la mente al orden de las ideas,

dibujar un cuadro áureo o expresionista,

hace crecer el brillo en ojos muy amigos.


El desánimo es un pequeño dolor,

o la ausencia de energía vital,

horas y horas que pasan sin tregua,

el avance de otoño-invierno en la televisión,

decorados en torno a un desfile de ropa interior.


Nunca es de noche, vértigo en la palabra

de quien sustenta el mundo,

ahora yaces tendido en otras esferas,

sopesas la música, un piano junto al mar,

la inocencia que corretea por la playa.

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