Poema 764: Aún no han madurado los membrillos

Aún no han madurado los membrillos

Aún no han madurado los membrillos

y las hojas del albaricoque…

Se asienta la tarde en la media luna de las antenas.

Los pensamientos iniciados se ocultan,

reaparecen cual Guadiana…

La salamanquesa no estaba en el muestrario,

apareció cuando menos se esperaba.

Los proyectos dependen de variables múltiples

de principios de incertidumbre…

Pequeñas reparaciones al filo del mediodía

muestran u ocultan acabados…

Los alambres diagonales para guiar la pasiflora

crean dudas sobre su resistencia.

Las sombras de la tarde pasan desapercibidas

en otra elevación de los espíritus…

Los membrillos verdean en el sol de septiembre

sin necesidad de ocultar la materia voyeur.

Poema 563: Matando la tarde

Matando la tarde

Hay tardes que mueren por sí mismas

y otras que tienen que ser matadas a conciencia.

En este agonizar de octubre

bandadas de cigüeñas saetean el cielo de paz;

pronto serán sustituidas por drones

por silbidos apenas audibles y mortíferos.

Se comban aún más los cables eléctricos

por el peso inapreciable de decenas de gorriones.

Un hombre deja extinguirse la luz

enfrascado en el juego simple de su teléfono;

descansa a sus pies un perro de ralo pelaje

incapaz, como su amo, de darle la puntilla a la tarde.

Miro al poniente y encuentro un incendio solar

efímero y salvaje, de belleza extrema.

La tarde terminará de morir en una reunión de vecinos,

un espacio ajeno a la Historia y a la Educación,

ring sin reglas ni cortesía, donde se rompen sinapsis

y expira la cooperación humana.

Fin de fiesta, fin de octubre, fin de la tarde vacía.

Poema 344: Tardes de octubre

Tardes de octubre

Las tardes de octubres son maravillosas,

verdes, amarillas, de todos los colores,

la gente pasea

recordando cuando no podía pasear

por el confinamiento,

a lo lejos los campos son arados

tras la lluvia que el fin de semana

comenzó a degradar las hojas.

Hay una necesidad oculta que me impele

a salir a caminar o a sentarme en un banco

a leer durante unos minutos un libro

sintiendo los rayos ya oblicuos,

sintiendo el privilegio de respirar sin mascarilla.

Cada octubre quiero aprehender estos días,

los colores de membrillos, arces, árboles de Judas,

la calma con que los patos reposan en el río.

Hay una luz dorada;

alguien recordaba en la radio esta mañana

el poema de Baudelaire Invitación al viaje,

la necesidad de escapar hacia la luz poniente

sobre los canales de Amsterdam.

Cae la tarde como un velo y con ella el relente

que refresca y obliga a cubrirse los brazos

aún tostados por el sol del verano.

Un perro negro corretea por el verde césped

indicando tal vez la fugacidad de la vida;

caen algunas hojas y no cesa el ruido en las calles

de vehículos cuyos conductores nada saben

de esta felicidad octubrina.

Hoy me he reído un instante bajo el sol

y ese tesoro me ha llenado el alma de alegría.

Poema 212: La tarde es mía

La tarde es mía

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La tarde es mía,

he mirado al árbol que parece un muchacho

con las manos en los bolsillos,

el sol es aún fuerte, el viento

obliga a cubrir las piernas y las gargantas,

ancianos frágiles esquivan las sombras.

 

Soledad productiva.

 

Ríos de luz y calma.

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