Comunidad ciclista

No había bicicletas en el horizonte,

las desaconsejó una amenaza de lluvia

probabilística, organizativa, disidente.

Las nubes descargaron temprano

creando escorrentías y barro en las botas

cuando el caminar se hizo indispensable.

Un embalse inesperado entre encinas centenarias

ocultó una recogida de nueces

entre saltos fotográficos de juguetones maduros.

Los ritos de un asado en el horno panadero

elevaron la gastronomía hasta umbrales excelsos

entre un silencio comunitario indescriptible.

La risa se combinaba con el hormigueo tenaz

que limpia, recoge, estructura y decide

en aras de una fluidez magnífica sobre el tiempo.

Hubo vino, risa franca, sensación de pertenencia

a una estructura dinámica superior

en la que las vivencias compartidas apegan y estañan.

El molino restaurado desprovisto de su piedra

mostraba su armazón ingeniera de conservación turística

antes de la aventura de la travesía de los rastrojos.

El ocaso con apariencia de aurora boreal castellana

–Rosario dixit en la distancia–

nos dejó instantáneas de gran hermosura.

La jornada concluyó en erudición inesperada

de múltiples aportaciones científico-ascéticas

en una escucha comunal espléndida y vinculante.

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