Plaza Sinfónica

Las últimas luces del día sobre la fachada de San Pablo

son un regalo adicional para los melómanos

asentados desde horas antes en la plaza.

Revolotean golondrinas y cigüeñas alteradas

por el sonido discordante del afinado instrumental.

La OSCYL luce majestuosa, levemente amplificada,

imperturbable al viento o a la luz declinante:

rostros conocidos apiñados en un escenario portátil.

El director, didáctico, improvisa y resume maravillas,

deja al público expectante y abre hilos de conocimiento.

La concatenación sublime de pequeñas piezas

enardece al público, dibuja sonrisas de placer,

eleva el espíritu a cotas inimaginables

en la alfombra mágica de las melodías operísticas.

Todo se difumina al escuchar el Intermezzo de Mascagni:

diríase que cada nota llega al cerebro sin filtro

esperando con ansia la continuación melódica,

alma esponjada, inmersión profunda y significativa.

Rostros y aplausos, momento estelar y singular

La Vida Breve, culmen y apoteosis de una noche

magnífica de junio, abierta y porosa, plena de ilusión.

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