
Decadencia
La decadencia es el dolor del mundo
asomarte a un noticiario cada mañana
tratar de entender cómo funciona la nueva guerra,
los drones con cable tan mortíferos,
los escudos y una tecnología impensable.
Solo importa el precio del petróleo,
los buques amontonados en un estrecho-ratonera,
las fotografías de unos septuagenarios mandamases,
obviando las tiendas rasgadas por el viento,
los civiles asesinados por cálculos erróneos o certeros,
soldados engañados para mantener los frentes abiertos
ante negociaciones surrealistas e inútiles.
El hambre.
Disparar a los mensajeros de cualquier tipo funciona:
un futbolista imberbe que enarbola una bandera,
unos países decentes que dejan de cantar
para no legitimar la presencia injusta de los genocidas,
un presidente no alineado que eleva su voz ante el mundo.
El dinero y la fuerza no alcanzan todos los resquicios del poder,
la insurrección aparece en un mural de Bansky
en un balcón de un barrio popular
o en un estadio en el que la seguridad borra el rastro al instante.
La forma del mundo se dibuja en las redes
aunque cada cual guarde celosamente sus instantes de humanidad,
las pequeñas alegrías compensatorias
por las que el deseo de vivir se impone a cualquier atisbo de deserción.
