Poema 730: Decadencia

Decadencia

La decadencia es el dolor del mundo

asomarte a un noticiario cada mañana

tratar de entender cómo funciona la nueva guerra,

los drones con cable tan mortíferos,

los escudos y una tecnología impensable.

Solo importa el precio del petróleo,

los buques amontonados en un estrecho-ratonera,

las fotografías de unos septuagenarios mandamases,

obviando las tiendas rasgadas por el viento,

los civiles asesinados por cálculos erróneos o certeros,

soldados engañados para mantener los frentes abiertos

ante negociaciones surrealistas e inútiles.

El hambre.

Disparar a los mensajeros de cualquier tipo funciona:

un futbolista imberbe que enarbola una bandera,

unos países decentes que dejan de cantar

para no legitimar la presencia injusta de los genocidas,

un presidente no alineado que eleva su voz ante el mundo.

El dinero y la fuerza no alcanzan todos los resquicios del poder,

la insurrección aparece en un mural de Bansky

en un balcón de un barrio popular

o en un estadio en el que la seguridad borra el rastro al instante.

La forma del mundo se dibuja en las redes

aunque cada cual guarde celosamente sus instantes de humanidad,

las pequeñas alegrías compensatorias

por las que el deseo de vivir se impone a cualquier atisbo de deserción.

Poema 658: Sentarse

Sentarse

Las protagonistas se sentaron a opinar

en torno a un libro,

se sentaron a protestar en medio de la calle,

cada cual buscaba su identidad

no perder esa humanidad tan cara,

contraponer su poder colectivo

a esa marioneta frívola y provocadora.

Vi volar un edificio y después otro,

constancia y contumacia en la destrucción,

una y múltiple, en el avispero del mundo occidental.

Los pequeños éxitos se retroalimentan,

belleza interior y exterior y dos besos inesperados

mientras contemplaba Usos amorosos de la posguerra,

un universo diferente, un salvavidas en el vacío acontecer.

Clamaban con los colores de la derrota, del hambre,

de la destrucción,

banderas, pañuelos, la superioridad ética sin retórica.

Alguien comentaría después la presencia extraña

de un espontáneo con gorra y bermudas:

risa y zarabanda, apertura Kachaturian,

y el vuelo desenfrenado de la imaginación verbal.

Reventaron vallas y costuras y el tiempo y la exhibición

se detuvieron simultáneamente

y reinó durante horas ese caos alegre y festivo

aun sabiendo que solo era una batalla lejana comunicativa.

Una luz en el bosque de abetos en penumbra[1].


[1] Ana Ajmátova, Poema sin Héroe