Poema 737: En tierras fraudulentas

En tierras fraudulentas

En tierras fraudulentas

el poeta loco

es un testigo irremplazable

de estos tiempos […]

Isabel Meyrelles, El Mensajero de los Sueños

Supervivencia, sexo, caminar lo más erguido posible

en el mundo en el que si te detienes, la marea te empuja.

El farsante loco anuncia que el precio del crudo disminuye;

el facineroso asiente, pero sigue ejecutando,

colonizando, huyendo hacia delante, destruyendo.

“You’d be in jail if it wasn’t for me. I’m saving your neck right now»

clama el tahúr henchido de orgullo patrio.

Trampantojos múltiples, engaños de puro artificio

la luna, un teléfono clonado, venganzas selectivas

contra cualquier poeta loco de una locura humanista diferente.

El relato frente al concepto, la imagen sostenida pecuniariamente,

la realidad bélica terrible: sangre, demolición, amputación y muerte

frente al videojuego televisivo en el que figuras subhumanas

caen o avanzan sustituidas inmediatamente por otras similares:

si consigues monedas doradas inmediatamente reconstruyes,

recompones a tu imagen y semejanza, –divina omnipotencia–,

hasta que encuentras un resquicio ventajoso y lucrativo.

Los súbditos, mayoritariamente masculinizados, consienten,

impasibles y gregarios, soldados de pensamiento opaco.

Los poetas locos se desgañitan u ofenden con insensatez,

ajenos al silencio, fijos los ojos en el circo futbolístico.

Poema 730: Decadencia

Decadencia

La decadencia es el dolor del mundo

asomarte a un noticiario cada mañana

tratar de entender cómo funciona la nueva guerra,

los drones con cable tan mortíferos,

los escudos y una tecnología impensable.

Solo importa el precio del petróleo,

los buques amontonados en un estrecho-ratonera,

las fotografías de unos septuagenarios mandamases,

obviando las tiendas rasgadas por el viento,

los civiles asesinados por cálculos erróneos o certeros,

soldados engañados para mantener los frentes abiertos

ante negociaciones surrealistas e inútiles.

El hambre.

Disparar a los mensajeros de cualquier tipo funciona:

un futbolista imberbe que enarbola una bandera,

unos países decentes que dejan de cantar

para no legitimar la presencia injusta de los genocidas,

un presidente no alineado que eleva su voz ante el mundo.

El dinero y la fuerza no alcanzan todos los resquicios del poder,

la insurrección aparece en un mural de Bansky

en un balcón de un barrio popular

o en un estadio en el que la seguridad borra el rastro al instante.

La forma del mundo se dibuja en las redes

aunque cada cual guarde celosamente sus instantes de humanidad,

las pequeñas alegrías compensatorias

por las que el deseo de vivir se impone a cualquier atisbo de deserción.