
Leer en tiempos del scroll
Exultante tras poder leer quince páginas
de un libro que reposa en la mesa desde Navidad,
una atmósfera repetitiva y circular
con sutiles cambios en cada circunvolución.
Leer exige detenerse un instante y perseverar
olvidar esa velocidad vital de amplio espectro,
dejarse llevar por ruinas morales, miserias, esperanzas,
amalgamarse con los personajes o los lugares,
olvidar las consideraciones vitales sobre el uso del tiempo.
Comprar un libro es ahora un acto de velocidad
uno más en la rueda de vivir aceleradamente,
de transitar sin solución de continuidad
por hitos de alta intensidad visual o emocional.
El paseo nocturno por una ciudad de piedra
semivacía en vísperas de luna llena
es el culmen de una jornada pura maravilla,
belleza, cultura, diálogo, compañía espléndida,
una fecha que debiera ser un hito estético memorable.
La lectura dota de continuidad a esa suma de eventos,
desaforada a veces, como una huida hacia delante,
es capaz de crear un relato consistente,
un cuasi propósito impresionista en el paisaje vital.
El gran lujo del tiempo futuro será la inutilidad aparente
de dedicarle ese tiempo tan preciado al inmovilismo lector,
ese engaño transitorio de la mente que se cuela en espacios
ajenos a la tecnología y al ansia vital tan extendida.
El reposo lector conlleva meditación, recogimiento,
reflexión contemplativa de esa huida creativa
en este lapso extendido del tiempo siempre insuficiente.
