Poema 727: El club del desengaño

El club del desengaño

Consumo un concierto tras otro,

un podcast, las canciones de una superstar

como si fuera de lujo en lujo,

jamón de pata negra tras pata negra

la costumbre de leer estados de ánimo

en periodistas poetas de la estirpe de Valdano.

La singularidad no me hace llorar

ni me traslada más allá de mi conciencia aletargada;

quizás el rostro cambiante de la violonchelista

o los parabienes predecibles de los metales

podrían hacerme despertar.

Me acerco a la sala de conciertos como a una catedral,

embargado por el color ambarino de la madera

y por los murmullos que preceden al silencio.

Las imágenes mentales que llevo conmigo son repetitivas

no memorables ni singulares.

Allí se produce la transmutación en una epifanía de la belleza,

una sinfonía contrastante muy trabajada:

los gestos tan expresivos de la contrabajista nunca defraudan,

tampoco la elegancia de la percusión ni el solo de flauta.

Abierta la espita de la belleza extrema, aparece el cielo poniente

como una culminación del torrente de imágenes gozosas,

una puesta en valor inesperada tras la apatía persistente.

Poema 365: Las formas del aplauso

Las formas del aplauso

Me quedo mirando las manos como un tonto

después de la mágica actuación del pianista

insignificante y enorme.

Todo el mundo aplaude a Ciobanu,

izquierda sobre derecha estática

o ambas manos en movimiento,

palmas, gruesos anillos, concavidad

o convexidad haciendo ruido;

a veces simple giro de muñeca

o elongación potente de todo el brazo.

Algunos músicos mueven sus arcos

en señal de respeto y admiración;

otros golpean la tarima rítmicamente

con sus zapatos puntiagudos y brillantes.

La hermosa mujer de la última fila de violas

se golpea el muslo bien torneado con la mano.

El adusto barbudo del contrabajo,

observa todo con ojos pequeños, mas no aplaude.

La asistente de clarinete se ha enmascarado:

no he podido despegar mis ojos de ella en todo el concierto;

guarda un pañuelo de papel bajo el atril

y limpia rítmicamente la pipeta por la que sopla;

ahora aplaude con frenesí al director ruso.

Me duelen los brazos del esfuerzo al aplaudir

hasta que el pianista se lanza a una propina jazzística.