
El club del desengaño
Consumo un concierto tras otro,
un podcast, las canciones de una superstar
como si fuera de lujo en lujo,
jamón de pata negra tras pata negra
la costumbre de leer estados de ánimo
en periodistas poetas de la estirpe de Valdano.
La singularidad no me hace llorar
ni me traslada más allá de mi conciencia aletargada;
quizás el rostro cambiante de la violonchelista
o los parabienes predecibles de los metales
podrían hacerme despertar.
Me acerco a la sala de conciertos como a una catedral,
embargado por el color ambarino de la madera
y por los murmullos que preceden al silencio.
Las imágenes mentales que llevo conmigo son repetitivas
no memorables ni singulares.
Allí se produce la transmutación en una epifanía de la belleza,
una sinfonía contrastante muy trabajada:
los gestos tan expresivos de la contrabajista nunca defraudan,
tampoco la elegancia de la percusión ni el solo de flauta.
Abierta la espita de la belleza extrema, aparece el cielo poniente
como una culminación del torrente de imágenes gozosas,
una puesta en valor inesperada tras la apatía persistente.












