Poema 715: Ojos vivaces

Ojos vivaces

“Y siempre, a pesar de nuestros vivaces ojos, seguimos sin ver el misterio”

Gisèle Prassinos

El misterio está en la flor de primavera

en los campos tan verdes regados por un riachuelo,

en el viento racheado que ballestea el fresno.

La fotografía capta algunas maravillas,

escribe un verso en un encuadre perfecto,

transporta a centenares de kilómetros

algunas sensaciones muy personales,

mas no el estado de ánimo que viaja en la voz

ni el sonido del vendaval que no me dejó dormir.

El misterio de los conejitos que corretean entre los olivos

en esta sucesión de primaveras, veranos y otoños

lapsos de tiempo, retazos de vida, visitas puntuales

como las pinceladas intensas de un impresionista.

Sigo el sendero hacia el balneario que me indica el lugareño;

se estrecha casi hasta desaparecer entre zarzas y ortigas,

discurre en una diminuta senda entre vallados ancestrales

de cantos rodados aglutinados con argamasa calcárea.

Vestigios de un arco pastoril no lejos de la calzada romana,

miro y miro: mirada poética, mirada matemática,

no veo más allá de la belleza del encuadre,

no descifro el misterio impenetrable de lo que ven mis ojos.

Poema 657: La feria de las ilusiones

La feria de las ilusiones

Amaneces corriendo para acceder a la rutina,

un trote pausado por el pinar

conversando con un pasado lleno de anécdotas,

polvo septembrino, cargado de libertad veraniega.

–¿Y tú qué ilusión tienes? –, me preguntó.

La máquina cerebral comenzó a bucear

en bases de datos olvidadas, en la penumbra

de un recordar mustio y desentrenado.

Mis ilusiones de hoy se ausentarán mañana,

un viaje, una ópera, una cierta continuidad lozana,

un ruido mediático descendente,

el fin de conflictos que no son del todo ajenos,

una risa relajada probablemente efímera,

una feria oscilante de ideas mutantes.

La ilusión del recuerdo activo, de la narración,

la austeridad y sobriedad de las múltiples vivencias,

esa mirada poética que transforma lo ordinario

en una suma de minúsculos milagros coloreables,

un encuadre inesperado y burlón,

convierten cada día en aventuras acotadas fortuitas.

La experiencia dice que si resistes aparece esa llama

vibrante que ilumina el estado mate de tus ojos,

crea circuitos neuronales de alta tensión,

te sorprende en tu minimalismo lírico,

aporta hilos convenientes o proyectos prometedores.

La feria de las ilusiones viene y va oscilante,

a veces extenuada y otras presa de incipiente euforia

moldeando expectativas y costumbres,

enseñoreándose de cada uno de mis pensamientos.

Poema 599: ¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

¿Cuánto tiempo puedo pasar mirando la luna?

El amanecer se ha disfrazado de luna llena

en el punto cardinal opuesto a la aurora.

Hipnotizado por el tamaño y el color

acodado en la ventana privilegiada

contemplo ese instante de hermosura efímera.

Aún consciente de la fugacidad de la escena

no tengo paciencia para la consumación.

Es el sino de los tiempos, apresuramiento,

prisa, fugacidad, ausencia de recogimiento.

La velocidad de la bicicleta no parece suficiente,

tampoco ese audio escuchado a velocidad normal,

el tiempo no se multiplica por subdividirlo en mónadas,

tampoco el disfrute profundo de la vida.

Ciertamente el encuadre de la escena callejera

es repentino: lugar, luz, circunstancia, presencia,

después el caos y la vulgaridad persistente

abierta en canal un instante para tu ansiosa mirada.

Leo cada día una suma intensa de titulares periodísticos,

la nada vacía y matemáticamente discreta

de unos fuegos artificiales remotos y ajenos

que se cuelan en las mentes desprevenidas

crean emociones básicas, arcaicas e insanas

en aras de la huida hacia adelante consumista.

¿Cuánto tiempo puedo dedicar a la luna?

¿Y cuánto tiempo a la lectura y a la cultura?