Poema 163: Primera luna

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La primera luna de primavera todo preside,

henchida, desde el cenit celeste.

 

Hay un corazón hortera enorme

pintado en blanco en la pared,

bien podría ser un culo.

 

Hormiguean cientos de personas

agolpadas en torno a una virgen,

cada cual busca su salida y su razón

con toda la prisa del mundo.

 

El aire cálido despierta olores y deseo,

la espuma de las cervezas

es un reclamo en cada terraza.

 

Vestidos de flores se alternan con ropa oscura,

ancianos abrigados sienten frío interno,

murmullos aún quedos, precavidos,

demasiado atentos a las previsiones del tiempo.

 

La luna provoca una extraña lucidez nocturna,

preside y embelesa,

llena de fervor y de palabras,

modifica la conducta humana en rituales atávicos,

pasa inadvertida en medio de los rascacielos.

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Poema 148: Nada parece ser realmente así

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Nada parece ser realmente así,

la imagen idílica de unas personas con sus perros

en un parque al atardecer:

casi es Navidad y conversan animados

mientras los perros saltan los setos,

corretean y hacen sus necesidades.

 

Unos pájaros migratorios vuelan en uve,

los niños los señalan, admirados de la disciplina de la bandada.

 

El pez, que desde hace dos años nada en la pecera

parece haber envejecido:

ya no hace cabriolas y burbujas

y a veces reposa en el fondo esperando la luz.

 

El hielo y la niebla invisibilizan a los palomos,

no así a sus excrementos que cubren el suelo.

 

La luna creciente, acostada, es apenas un hilillo;

suspendida del techo de una habitación infantil

transmite calma y serenidad bajo el frío del solsticio.

 

Cada cual ignora los termómetros urbanos hasta que es asaltado

por recuerdos de infancia sin calefacción,

memoria colectiva de cientos de miles de años

al raso o en una caverna al calor del rescoldo de una hoguera:

el hombre con el cartón de vino en el banco del parque.IMG_6646

Poema 117: En la corriente

En la corriente

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Busco sin prisa colocarme en la corriente,

la protección social, vital y de pensamiento,

el camino que debes seguir:

todo el mundo te sabe allí, nadie se inquieta.

 

Nada esperes, subsúmete, vegetal

de hoja amplia capaz de captar la brisa de la mañana;

en la velocidad se diluye tu ánimo oscuro,

toda tu atención pendiente de pequeñas oscilaciones.

 

Aquiescencia, el camino sencillo para no fluctuar,

asientes, corroboras, te rebelas en intrascendencias,

desgastas tu cuerpo y tu mente por el rozamiento,

cómodo, te diriges al abismo que siempre percibes lejano.

 

Un brillo de luna, una iridiscencia,

un cambio de temperatura, el embobamiento

de una sonrisa paralela que te atrapa y enceguece,

o la corriente central preeminente, te colman.

 

Solo aprecias la corriente desde otra corriente,

la que te llevará, tal vez, si consigues salir de la tuya,

todas confluyentes, algunas menos atestadas,

más lentas o de agua más cálida.

 

Diagonales o espirales o toda la geometría

que eres capaz de imaginar, todas derivan y convergen,

se concentran y te absorben cuando tu energía

disminuye y entonces de nada sirve tu experiencia.

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