Poema 751: Noches en el lago

Noches en el lago

El fuego ilumina la noche en el lago

deforma siluetas superpuestas

atrae todas las miradas.

A decenas de kilómetros de distancia

se aprecia la morfología evolutiva,

los cambios de curvatura del amplio frente.

Dentro de unos minutos aparecerá la luna

ya no gibosa ni tan naranja

luz opuesta al rojo intenso del desastre.

El lago sinuoso en sus orillas es un imán

que atrae cada noche la vista lucernaria

un remanso de chicharras y grillos agotados.

El cono de visibilidad desde la altura

es un privilegio inesperado y tremendo

que ningún animal quiere perderse.

Las campanas decretarán el fin de la noche

lo efímero de un viaje fantástico,

el único recuerdo de fotografías avanzadas.

La llegada del día determina el fin del avistamiento

de unas llamas que progresan aventadas

o se ralentizan al paso de los hidroaviones.

La noche fue quizás un sueño horario

un placer efímero y encendido de los sentidos

la asunción de una inesperada plenitud.

Poema 662: El movimiento está en las sombras

El movimiento está en las sombras

El movimiento está en las sombras

allí, nada me pertenece.

En la luz del foco sonrío y celebro

la vida, la juventud, la compañía silente,

observo el paisaje marino tan añorado,

la luz poniente, el revés de la historia.

Animales en cautividad placentera,

¿quién los cuida? ¿Quién nos cuida?

Detrás del espejo hay un mundo de sombras,

delante estás tú y el hogar que te acoge,

la rutina que unas veces pesa y otras alivia,

una suma de instantes fáciles de olvidar

en aras de los siguientes abrazos.

Caminan con una seguridad renovada,

protegidos aún por varias capas generacionales;

los recuerdo aún titubeantes, cargados de libros

dispuestos a una rutina llena de deberes

de aprendizajes básicos, de competencias que no son.

Aprietan el paso, sonríen a la ventana iluminada,

llenan mi mundo de ilusión y novedad.

El movimiento se detiene, opaca su alegría,

rechaza el presente en aras de un futuro edénico,

calma la ansiedad y alimenta una burbuja impar

de hermosa proyección personal y solitaria.

Expulsado de las sombras permaneces inmóvil,

llenas tu tiempo de intrascendencia cultural

antes de intentar rehacer un presente existencial.

Poema 631: Gaza, fin del mundo

Gaza, fin del mundo

Dice en la radio Mikel que el objetivo no es la franja de Gaza,

–señuelo, cortina de humo con decenas de miles de muertos–

sino la Samaria cisjordana roída día a día por los colonos.

Mirar para otro lado,

como si el sufrimiento ajeno fuese a desvanecerse con no mirarlo.

Palestina, el avispero del mundo escribí en dos mil veintitrés.

Es el gran agujero occidental ochenta años después.

No puedo ver tanta destrucción, muerte, desolación, injusticia.

Ese Estado quedará marcado por siglos como genocida.

No basta imaginar, ni descartar con desagrado las imágenes,

no basta odiar al vengador impune de actos abominables

ni celebrar las sentencias de la Corte Penal Internacional.

No basta imaginar la reconstrucción, ni el triunfo silente de la Historia,

hay que enfocar, mirar cara a cara la muerte de quince mil niños,

la destrucción total de hospitales y el asedio medieval por hambre.

La tecnología y el capitalismo muestran su horripilante cara buena:

escombros, polvo, carestía, desnutrición infantil,

humanos que convierten a otros humanos en animales conmutativamente,

vigilantes mercenarios que ametrallan el desorden caritativo.

El horror, la noticia que decae por el hastío bulímico del espectador,

por la persecución sistemática de la denuncia,

por el cierre, muro, alambrada, escudo protector del integrista.

No hay cinematografía, solo banalidad malvada,

un engranaje sistemático de destrucción aséptica y estadística:

¿cuántos muertos al día son tolerables para un espectador?

Poema 148: Nada parece ser realmente así

Nada parece ser realmente asíIMG_7518

Nada parece ser realmente así,

la imagen idílica de unas personas con sus perros

en un parque al atardecer:

casi es Navidad y conversan animados

mientras los perros saltan los setos,

corretean y hacen sus necesidades.

 

Unos pájaros migratorios vuelan en uve,

los niños los señalan, admirados de la disciplina de la bandada.

 

El pez, que desde hace dos años nada en la pecera

parece haber envejecido:

ya no hace cabriolas y burbujas

y a veces reposa en el fondo esperando la luz.

 

El hielo y la niebla invisibilizan a los palomos,

no así a sus excrementos que cubren el suelo.

 

La luna creciente, acostada, es apenas un hilillo;

suspendida del techo de una habitación infantil

transmite calma y serenidad bajo el frío del solsticio.

 

Cada cual ignora los termómetros urbanos hasta que es asaltado

por recuerdos de infancia sin calefacción,

memoria colectiva de cientos de miles de años

al raso o en una caverna al calor del rescoldo de una hoguera:

el hombre con el cartón de vino en el banco del parque.IMG_6646