Poema 724: Líneas

Líneas

Dibujo una línea con mi presencia dinámica;

puede ser una almendra oval

visitando lavajos e hitos señalados en la infancia,

o puede ser el ángulo esquivo de tu jardín

en ida y retorno fulgurante e intenso.

El ave rapaz muestra su pecho amenazante

bello, desafiante, abierto a la cámara inocua,

traza círculos de visión mortífera

antes de un picado asombroso y nutricio.

La línea desciende desde la boca a las rodillas

en un pedaleo constante y doloroso,

pesa el viento, pesan los años, pesa la estática pose,

mientras el resto del cuerpo se funde en el aroma

del cereal mucho más avanzado y espigado.

Las decisiones sobre el trazado son improvisadas

como la vida misma: riesgo por el cielo borrascoso,

por el agotamiento y el barro traicionero

por las huellas cánidas y los aullidos lejanos.

El travelling finaliza con curiosidad incipiente,

con ideas de huertos y agua en un retiro teórico,

aquella cabaña del bosque tantas veces imaginada.

La línea poligonal se ha cerrado en una circunvalación

de dos horas y veintitantos kilómetros

en los que he deseado la continuidad imposible

de esa primavera en la meseta, apegado a la tierra.

Poema 283: Días especiales

Días especiales

Días especiales, sol, verano, amplias vistas,
el recuerdo de una lechuza de caza en la noche anterior,
un baño en la mañana con cierto frescor,
los pájaros que pían en el jardín de las delicias,
todo confluye en la armonía de las esferas.
 
Pedaleo por caminos que he recorrido muchas veces,
siento cada bache y cada rodera,
reconozco uno tras otro los paisajes,
las plantas sembradas en el terruño,
las manchas verdes de los pinares.
 
Conozco el lugar exacto para ver la puesta de sol,
algunos árboles a los que subí de joven,
cada era en la que antaño se aventaba el grano,
casas y personas a las que saludo de forma rutinaria,
lavajos y pequeños manantiales de verdor perimetral.
 
Camino por calles con casas conocidas,
algunas desembocan en la plaza o en la iglesia,
puede que esta noche calurosa de julio
los escasos habitantes saquen sus sillas al fresco,
comenten sus andanzas del día o saluden al paseante.
 
Hay un cine de verano como hace muchos años,
entonces eran comediantes o tal vez artistas de un circo,
cada espectador aporta su silla,
los ruidos de la noche se solapan con la megafonía,
es una vuelta al pasado en tiempos de crisis.
 
El jardín de la casa solariega es un oasis de frescor,
destellos de rosas cuya fragancia no dejas pasar,
un delirio de colores, una suma de manchas armónicas,
la vida aquí es sencilla entre riegos y barbacoas,
es un fluir leve del tiempo interior de cada cual.