Poema 728: Trances de baja intensidad

Trances de baja intensidad

Llueve profusamente, hoy no hay cielo,

no existen las variaciones de nubes y luz,

ha desaparecido el todo verde rural

y el gris ceniciento urbano se impone.

Los instantes de percepción de la belleza

llegan en soledad, penetran porosamente,

dibujan en mi interior imágenes superpuestas

del tiempo, de los afectos, de autoconocimiento.

El olor del cereal, de la naturaleza regada

coadyuva al trance de baja intensidad

que comenzó ayer en la apertura por música

y continúa hoy en la exposición abierta campestre.

Voy cercando y consumiendo acontecimientos,

desprecio posturas extremistas o elitistas

en aras de una cierta sencillez y apego a la tierra,

de la convivencia pacífica y respetuosa.

Existen portales que dan acceso a la fascinación:

un cuadro inesperado, la memoria de un instante,

la felicidad del sonido acompasado por un genio,

el olor de unas rosas asilvestradas casi olvidadas.

Uno no suele ser consciente de su propia felicidad

hasta que esta ha pasado y no hay retorno posible,

siempre, –pesados párpados–, oculta y marginada

por el peso excesivo del lastre contrastante.

Extraer del presente la parte nutricia y estimulante

es un aprendizaje vital sumado a unas circunstancias,

es agrandar el placer y encapsular el dolor, disfrutar

de los puntuales vivos colores de este impresionismo.

Poema 605: Iglesia de Vik

Iglesia de Vik

Esencia simple de líneas rectas,

emblemático lugar a media altura,

observable desde el mar y la montaña

blanco y rojo primarios,

alrededor la nada nívea y el frío norteño.

Contrasta la plataforma con los pastos desiertos,

el flujo incesante de fotógrafos,

la lluvia o la nieve en ventiscas directas

parecen rebotar en su campo magnético.

La iglesia es un icono arquitectónico,

atrapa la mirada a la salida del único supermercado

en muchos kilómetros a la redonda.

Diríase un edificio de un dibujo animado,

quizás una iglesia en los Alpes de Heidi.

Hay una magia probablemente ancestral en el lugar,

la sensación de belleza de proporciones,

el modelo con el que se erigirían decenas de templos.

Impresiona la austeridad, el enclave perfecto,

la luz, el sonido del viento y del Atlántico Norte.

El rojo vivo de la cubierta y la torre atrapa la mirada

cual tela de araña pacientemente tejida

para atrapar al incauto turista y colonizar su mente.

El icono visual trasciende su significado místico

y lo eleva al altar turístico de la devoción viajera.