
Trances de baja intensidad
Llueve profusamente, hoy no hay cielo,
no existen las variaciones de nubes y luz,
ha desaparecido el todo verde rural
y el gris ceniciento urbano se impone.
Los instantes de percepción de la belleza
llegan en soledad, penetran porosamente,
dibujan en mi interior imágenes superpuestas
del tiempo, de los afectos, de autoconocimiento.
El olor del cereal, de la naturaleza regada
coadyuva al trance de baja intensidad
que comenzó ayer en la apertura por música
y continúa hoy en la exposición abierta campestre.
Voy cercando y consumiendo acontecimientos,
desprecio posturas extremistas o elitistas
en aras de una cierta sencillez y apego a la tierra,
de la convivencia pacífica y respetuosa.
Existen portales que dan acceso a la fascinación:
un cuadro inesperado, la memoria de un instante,
la felicidad del sonido acompasado por un genio,
el olor de unas rosas asilvestradas casi olvidadas.
Uno no suele ser consciente de su propia felicidad
hasta que esta ha pasado y no hay retorno posible,
siempre, –pesados párpados–, oculta y marginada
por el peso excesivo del lastre contrastante.
Extraer del presente la parte nutricia y estimulante
es un aprendizaje vital sumado a unas circunstancias,
es agrandar el placer y encapsular el dolor, disfrutar
de los puntuales vivos colores de este impresionismo.


