Poema 720: El valle invadido

El valle invadido

Contemplo desde la tumba de los ancestros

el valle fértil y ondulado,

ayer lleno de amapolas, grillos, verde,

hoy sembrado de estructuras metálicas,

el negocio del sol y la electricidad.

Hace un cuarto de siglo comenzó la invasión,

recuerdo aquella mañana con zozobra:

urbanización en medio de la nada,

un campo de golf, un club social,

un polígono industrial casi vacío

visitado por aprendices de conductor

y por paseantes de perros en el crepúsculo.

Máquinas pesadas abren nuevos caminos,

conductos, edificios, zanjas inexistentes,

destellos en el mar del cereal.

Energía verde limitando el verdor de los sembrados,

ruido visual, el fin de la belleza campestre

y la llegada de inversores incógnitos

a quienes los Zumacales les importa un ápice.

El futuro colonizador ya ha llegado.

Poema 663: Este veranillo eterno

Este veranillo eterno

Este veranillo eterno se desvanece

en tardes soleadas de octubre,

en olvidados paseos en bicicleta,

en pequeños dolores que amplifican

un nudo interno impenetrable.

Devoro la primera hora de escritura

cual yonqui de su tiempo productivo

por obra y gracia del maestro hacedor

de horarios, gran filósofo conversador.

No hay proyección micológica en el horizonte

y las labores agrícolas van con retraso,

los caminos áridos y polvorientos

dejan en el ciclista pulmones resecos,

mientras observa disgustado las máquinas pesadas

que convertirán un valle arqueológico

en un productor desmesurado de fotovoltaica.

En los amaneceres observo la luna poniente,

más tarde el bidón encendido o el río estático

en el que se divisan las piedras del cauce.

Los poemas se volverán húmedos y otoñales

en cuanto aparezcan las primeras lluvias,

como corresponde a la melancolía naciente

que bebe en estas mañanas de la lecto-escritura.