
La misión del poeta
La misión del poeta no es narrativa
–dicen que dijo Aristóteles–,
lo que pudo ser, lo que podría ser
la tozudez de los hechos no lo transfigura.
Vuela el verso como vuela el ciclista
obviando piedras y baches y surcos
a la velocidad de los dioses antiguos.
Un mural androide podría ser un elefante
o el óxido acumulado de forma aleatoria
en la fábrica esclavista periódicamente renovada.
Cada cambio de luz es una inspiración
en la mirada adiestrada y sensible,
las sombras en un curso de agua
la luna incipiente o la sublimación mental
de las noticias de rebeldía justa de la juventud.
El poeta no reconviene: observa, tamiza, imagina,
ensalza la revolución, aún en estas fechas, humana.
El flujo de las conversaciones se ha desplazado
desde el apocalipsis neoludista, al autoconocimiento,
las revelaciones de las vigas en el ojo propio
o los trampantojos vitales instaurados por el capitalismo.
El poeta recoge imágenes y conceptos,
los moldea topológicamente tratando de no romperlos
y los lanza a las ondas sin un fin pecuniario.
La realidad inexistente a veces se cuela de medio lado.
